domingo, 20 de diciembre de 2009

La antropología del adversario

De las muchas cosas que me han llamado la atención de la estupenda película Avatar (que vi ayer y aún me tiene embelesado) está el doble planteamiento a la hora de acercarse a un pueblo desconocido: el militar y el científico. Puede que la película lo presente de forma un poco maniquea, pero quizá no tanto en el fondo. Hace unos pocos días nos presentaba Pseudópodo el caso real, en la segunda guerra mundial, en que se encargó a una antropóloga profundizar en la comprensión del enemigo, dado que el ejército Japonés tomaba decisiones que les resultaban incomprensibles.

Parece muy conveniente hacer un esfuerzo por conocer al adversario, al diferente, al desconcertante. Puede que tras ello haya que considerarlo enemigo y hasta pelear, pero no antes. Voy a dar un salto en el vacío antes de volver a esta idea.

Hace año y medio describía en "el congreso de los infinitos congresos" el inmenso poder de la combinatoria. Si cada 20 minutos puedo asistir a una charla distinta a elegir de entre 6, al cabo de un par de días los itinerarios posibles se hacen vierualmente infinitos. De muchos autores prolíficos se cuenta que en eso basaban su producción: si escribo 3 novelas en las que pueda intercambiar de cualquier manera tres trozos (digamos los clásicos introducción, nudo y desenlace) puedo componer con ellas 27 textos diferentes (3x3x3). Se dice que Marcial Lafuente Estefanía escibía así sus incontables novelas del oeste, o que Ramon Llull escribí así poemas. Si fuesemos capaces de escribir tres variantes para cada uno de los versos de un soneto que tuvieran sentido combinados habríamos escrito infinitos sonetos. Pero para que tengan sentido de cualquier manera cada verso ha de ser muy inespecífico, poco concreto, no puede decir nada solo sugerir muy veladamente.

Piezas inespecíficas y sugerentes que se pueden combinar de muchas maneras para dar lugar a imágenes poéticas. Una concreción de esa idea son los arcanos del tarot (cartas con un mensaje inespecífico y sugerente) que se combinan al echar las cartas fomando una imágen más o menos poética con la que uno puede reinterpretar sus deseos, pulsiones o sentimientos eludidos. A partir de una imágen poética entra en juego esa tendencia tan humana de buscar patrones y "cosificarlos", como constelaciones en conjuntos de estrellas, que dejan de ser un montón de puntitos para pasar a ser un león o un cazador.

Con estas reflexiones me aproximo a la magufería del tarot con una vocación antropológica análoga la de Ruth Benedict en la segunda guerra mundial con los Japoneses (salvando las distáncias, entiéndase). Mientras se mantiene como juego de ayuda a la introspección, de disfrute estético, como poesía combinatoria a fin de cuentas me parece extraordinario. El problema es cuando la "cosificación" se vuelve excesiva y uno pasa a ceer que en esa imágen hay auténtica adivinación del futuro. Y lo que ya es intolerable es la proliferación de vividores que ganan dinero con la intermediación entre personas angustiadas y conjuntos de cartoncitos de colores.

Imágen tomada de aquí
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