sábado, 23 de noviembre de 2019

¿Por qué un coche eléctrico?

Puede parecer que preguntarse por el coche eléctrico es dudar del despliegue de la tecnología necesaria para la electrificación de la automoción. Sin embargo lo incómodo es el propio concepto de "automoción", el problema no es la palabra "eléctrico" sino "coche". ¿Por qué hay que desplazar 1500 Kg de hierro para transportar a una persona de 80 Kg? Pues por cuestiones emocionales, no es una decisión racional. Un coche produce sensación de libertad, el placer de conducir, disponer de un pedazo de espacio tuyo allá donde vayas. Sin coches no se podría mantener la vida burbuja que tanto abunda en algunos países y en la que nunca se sale a la intemperie (residencia, trabajo y centro comercial y de ocio). El coche es pues un elemento cultural, incluso de identificación personal, no un medio de transporte racionalmente diseñado. Esos valores intangibles (sensación de libertad, de poder, de complemento personal, de ostentación, etc.) son clave para que se pueda construir una necesidad muy sofisticada y maleable sobre la necesidad real y tangible de la movilidad. Esa necesidad sofisticada ha dado lugar a una industria enorme que mueve cantidades ingentes de dinero; y por tanto da trabajo a muchas personas, claro. Pero del mismo modo es una empresa intensiva en materias primas y energía. La movilidad en coche no es sostenible, o cuando menos, hay alternativas muchísimo más sostenibles. Pero como en el mix de valores culturales que ganan fuerza, la sostenibilidad y el valor ecológico van ganando peso, la automoción se enfrenta a un problema importante. ¿Solución? un oxímoron, el coche ecológico. Un concepto que se materializa, para empezar, en el coche eléctrico.


El coche eléctrico sigue siendo un coche, y por tanto: (1) requiere de un montón de materiales para ser construido (algunos escasos y producidos en zonas de conflicto), (2) desperdicia energía (ha de mover muchos kilos inútiles por kilo de pasajero) y (3) sigue siendo contaminante, la electricidad no deja de ser un vector energético y la producción primaria sigue hoy lejos de ser renovable. Es verdad que un gran parque de coches eléctricos serviría para equilibrar la curva de demanda energética diaria y facilitaría el almacenamiento que necesitan las renovables para ganar un peso importante, pero es un beneficio medioambiental muy marginal para los prejuicios que supone.

Llegados a este punto hay gente que suele reclamar que la posibilidad de tener coches compartidos y la conducción autónoma son la ventaja definitiva. Lo de compartir el coche no lo termino de ver; en el lavado de ropa, aunque se pueden compartir las lavadoras (lavanderías, cuartos de lavar por edificio, etc.) culturalmente no encaja, menos aún en ese símbolo de libertad que encarna toda una forma de vida que es el coche. Si estamos dispuestos a renunciar a esos intangibles, mucho mejor el transporte público (autónomo, al menos para el que viaja, y compartido) y, si queremos afinar, con un patinete eléctrico para "la última milla", el camino entre la parada y el destino final. Esa es la opción realmente sostenible para la movilidad, la razonable. Bien es verdad que no está exenta de problemas: (1) exige otro tipo de valores culturales, de intangibles, (2) ya no tenemos un vehículo para todo (si hemos de llevar niños, o maletas, si es un viaje urbano o interurbano, etc.) y (3) el ahorro medioambiental también lo es económico, por lo que se perderían muchos puestos de trabajo (y acumulaciones de riqueza).

A la vista de todo esto, la cuestión tecnológica es casi lo de menos en la evolución de la movilidad; son los valores culturales y la economía lo más definitorio. Y en para ellas, el papel de los gobiernos es clave: regular en un sentido u otro, a una velocidad u otra, saca actores del mercado o genera enormes nichos nuevos. Un ejemplo de esto último es el de los patinetes de alquiler, que llenaron Madrid hasta que "se dieron cuenta" y un cambio de regulación los sacó del mercado. En mi opinión, los gobiernos no están actuando bien, no tienen un auténtico plan de futuro y, en última instancia, son demasiado rehenes de una industria que mueve mucho dinero y empleo. Pan para hoy que nos puede dejar sin planeta.

miércoles, 13 de noviembre de 2019

El timpo de la antenofobia en el Zentral


De entre las actividades organizadas con motivo de las semanas de la ciencia en Pamplona, uno de los más bonitos es este, ya tradicional, que celebramos en el Zentral (la gran sala de concienrtos en el centro de Pamplona) en el que ponentes de distintas instituciones cuentan brevemente un tema. Este año se hizo temático, sobre timos y ciencia, con el siguiente programa:
  • Patricia Oliván y Xabi Jaso:  Desmontando el negacionismo climático
  •  Joaquín Sevilla:  El timo de la antenofobia: ¿que los móviles qué?
  •  Deborah Moisés y Fernando Jáuregui:  ¿Pero de verdad creéis que fueron a la Luna?
  • Naiara Gorostidi:  El monstruo de las cloacas
  •  Silvia Carlos y Gabriel Reina:  Vacunas y antivacunas
  • Ana H. Zambrano y Mónica Ruiz:  Terraplanistas, una teoría con límites
Vino bastante gente y resulto, como siempre, muy entretenido. Las fotos son de Javier Armentia




martes, 12 de noviembre de 2019

El universo en escala de Sarriguren

Parece que el bolo de este año de "ciencia en el bar" es el que va de las escalas del universi, lo grande y vacío que es el sistema solar, y no digamos la galaxia, cómo se miden esas cosas, cómo se maneja uno con números tan grandes y curiosidades varias.

Nuevo pase en la semana de la ciencia de Egüés, muy agradable, con un público muy majo que lo pasó bien. Nos hicieron algunas fotos: