martes, 11 de diciembre de 2018

Cacharrismoen COPE Navarra

Este curso académico estoy haciendo una colaboración quincenal en la COPE de Navarra. Menos de 10 minutos para comentar alguna cuestión científica. Hoy tenían de visita alumnos de un cole (el IESO de Aoiz) y la sesión ha consistido en enseñarles los "lacasitos de Voronoi" y los rayos que cambian de color (creo que de ambos experimentos hablamos ya en este blog). No deja de ser curioso hacer radio describiendo experimento visuales (con la inestmable ayuda de Alberto, claro). Espero que haya quedado bien, a mi me ha gustado mucho la sección.

Dejo a continuación enlaces al audio y vídeo

Audio

Vídeo

miércoles, 21 de noviembre de 2018

Petricor y geosmina

Leyendo esas dos palabras tal cual ya nos imaginamos la primera en masculino y la segunda en femenino, el petricor y la geosmina. Si fuesen formas geométricas la primera más angulosa y la segunda con formas redondeadas (como las de la figura), son palabras con las que se cumple bien el efecto Bouba Kiki, descubierto en 1929. Ambas palabras derivan del griego. Geosmina significa olor a tierra, y petricor sangre divina de las piedras (“icor” es la esencia que corre por las venas de los dioses en la mitología griega, la sangre queda para los mortales).

En zonas áridas hay plantas que, en tiempo de sequía, exudan unos aceites cuya presencia retrasa la germinación de las semillas. Son unos mensajeros químicos que evitan que las semillas intenten germinar en situaciones en las que la vida de la planta se va a ver seriamente comprometida. Partes de estas plantas, arrastradas por el viento, dejan esos aceites sobre las rocas con las que rozan. El impacto de las gotas de agua en las piedras cuando concluye la sequía arrastra al aire las moléculas de aquellos aceites. El suelo se lava del mensajero que prevenía la germinación, y una parte de este pasa a estar suspendido en el aire, produciendo en los humanos el característico olor a lluvia. El conjunto de estos aceites es lo que bautizaron como petricor los geólogos australianos que los descubrieron. Se trata de una sustancia compleja formada por más de 50 moléculas distintas, que no se ha conseguido sintetizar artificialmente.

La geosmina es una sustancia química, una molécula producida por bacterias como Streptomyces, Penicillium y algunas cianobacterias que están en el suelo, en la tierra. Las bacterias segregan esta sustancia en la tierra húmeda, pero no (o muchísimo menos) cuando está seca. Esto se convierte en un indicador químico de presencia de agua, lo que diversos animales son capaces de percibir, indicándoles dónde dirigirse para beber. Son especialmente sensibles los camellos, que en el desierto del Gobi son capaces de encontrar agua a 80 Km de distancia, pero otros animales, incluso insectos, también son atraídos por la geosmina. Las bacterias obtienen un beneficio reproductivo del hecho de que distintos animales acudan a donde están ya que ayudan a dispersar sus esporas.

No encuentro demasiadas referencias a investigaciones sobre el petricor, en cambio la geosmina si es objeto de multitud de estudios. No es extraño, ya que su principal productora es una bacteria que produce varios miles de sustancias químicas, algunas de carácter antibiótico muy importantes para la industria farmacéutica. También es relevante porque la geosmina interfiere con otra industria potente como es la del vino, colándose como un aroma indeseable en ciertas ocasiones.

Sea por petricor, o sea por geosmina, parece que el “olor a tierra mojada” procede de sustancias que han sido seleccionadas por la evolución precisamente como indicadores químicos de la presencia de agua en entornos áridos, en los que esa información es importante (bien para semillas que deben germinar entonces o para animales que vayan a beber). Siendo así, no es extraño que la sensibilidad y capacidad de identificación de ese aroma haya sido importante en la historia evolutiva de nuestra especie. Un olor significativo en el nivel de la especie, no como el olor a invierno o a casa de la abuela que, de serlo, son importantes a nivel individual.

(Esta entrada continua la anterior sobre el "olor a invierno")

Algunos enlaces:
https://link.springer.com/chapter/10.1007/978-3-642-87699-8_8
https://othernationsdotcom.wordpress.com/2013/04/28/earth-perfume-and-the-scent-of-rain/
https://www.terrapinbrightgreen.com/blog/2016/05/scentimental-associations-with-nature/

lunes, 19 de noviembre de 2018

Huele a invierno

Hoy no huele a nada. Hace frío y la sensación principal en la nariz es térmica: el aire frío que pasa por la garganta rascando un poco, las aletas de la nariz que se quedan heladas. Ayer a primera hora fui a un lugar en las afueras de Pamplona, al pie de unos montes, y olía a invierno. Hace unos días tuve por primera vez la sensación de olor a invierno (tuit)

Entras en el despacho y huele a invierno. Primer día que encienden la calefacción, el polvo que había en el radiador se "quema", evapora compuestos volátiles. Los mismos que todos los años. Moléculas que dispara el enorme poder evocador del olfato.

Desde entonces intento ser más consciente de mis sensaciones para ver con qué pueden tener que ver.

Parece que hay un marco explicativo claro. Lo que identificamos como un aroma, un olor, es la sensación que produce en el sistema olfativo un particular coctel de sustancias volátiles. Salvo que seamos personas entrenadas, el coctel lo percibimos en bloque, sin capacidad de analizar los elementos que lo componen. Las personas entrenadas son los catadores, que pueden oler un vino e identificar aromas más o menos individuales (almendra, frutos rojos, cítricos, madera, etc.) así como proporciones de cada uno y son capaces de razonar con ello. No es fácil, ni esos aromas del mundo del vino son realmente elementales, pero es un paso más allá de lo que podemos hacer la inmensa mayoría. Los no entrenados no apreciamos matices, nos huele a “casa de la abuela”, “a hospital” o “a invierno”, son percepciones integrales. Más que percepciones son asociaciones, el aroma percibido dispara en el cerebro la evocación de momentos similares en los que percibimos ese aroma, y si esos momentos similares tienen suficiente coherencia (son similares entre sí y diferentes de otros), los identificamos y les damos un nombre. Estas asociaciones, un poco irracionales y un poco burdas, resultan “muy poéticas”, recuerdan a su vez a la actividad de encadenar palabras por su valor emocional que es la poesía.

Parece ser que yo asocio “olor a invierno” con varios cocteles. Uno es el que produce el polvo que se tuesta en los radiadores cuando se enciende la calefacción después de muchos días (meses) sin usarse. Otro tiene que ver con la cercanía de bosques de hojas caducas (pero en determinado rango de temperaturas, en el entorno de los 10-15 C). Este año no lo he sentido, pero buscando “olor a invierno” en internet aparecen fotos de compotas de frutas, de canela y de jengibre. Seguro que hay otro “olor a invierno” en la cocina, aunque probablemente cada persona tenga una variante personal con sus peculiaridades.

Las moléculas que componen los cocteles responsables de un aroma proceden de algún lugar; en general son emitidos desde objetos sólidos. Por evaporación o algún otro procedimiento pasan a estar disueltas (o dispersadas) en el aire y llegan a nuestros receptores olfativos de esa forma. La existencia de unas moléculas u otras, la efectividad de su evaporación y su solubilidad en el aire varían mucho de unas situaciones a otras. Por eso es tan errático el paisaje olfativo que vivimos… bueno, salvo que lo forcemos poniendo en el aire una alta densidad de moléculas a propósito: quemando incienso, poniéndonos colonias, usando ambientadores, etc. Por cierto, qué curioso que a la dispersión de un aroma invasivo le llamemos “ambientar”.

En los procesos antes comentados que determinan los aromas naturales (disponibilidad de moléculas, evaporación y solubilidad), la temperatura juega un papel muy importante. Por ejemplo, la carne cruda o cocida huele de forma muy diferente a la que está en la plancha o en la parrilla. Las reacciones de Maillard, que se empiezan a producir por encima de los 150 C rompen las proteínas (moléculas grandes que no se dispersan en el aire apenas) en moléculas más pequeñas entre las que hay un buen montón de volátiles que sí son efectivas viajeras que llegarán a nuestra nariz sin dificultad. También el polvo de mi radiador era poco aromático, pero el calor del radiador rompió (o liberó) moléculas que si se colocaron en el aire. Del mismo modo, en la cocina, las temperaturas más altas de los fuegos llenan el aire con más efectividad de las moléculas que contienen los alimentos, algunas muy identificables: jengibre, canela, vainilla.

Supongo que mi olor a invierno de bosque procede de algún coctel derivado de restos vegetales, hojas medio descompuestas y cosas así, que liberan al ambiente unas y otras moléculas. Aunque puede que las moléculas disponibles sean las mismas, las que se dispersan bien en el aire cambian muchos con la temperatura, y a 25 grados eso huele a humedad, moho, tierra… algo que no es “invierno”. En cambio, a 10 grados la mezcla debe ser la que he respirado más veces en años anteriores y mi cerebro ha identificado con esa situación. Hoy, ya a 5 grados, si llegaba algo a mi nariz no producía una sensación apreciable, los termoceptores mandaban más que el bulbo olfativo.

Para terminar, no es extraño que llamen la atención especialmente los aromas que, en contra de lo habitual, son muy iguales para todas las personas. Mi olor a “casa de la abuela” es muy distinto del tuyo, pero el olor “a tierra mojada” es muy igual para todas las personas, todos lo percibimos más o menos a la vez, con claridad e intensidad. Seguiremos con el olor a tierra mojada en una próxima entrega.

jueves, 18 de octubre de 2018

Microscopios en Sangüesa

El 18 de octubre abrió en la casa de cultura de Sangüesa la exposición "El ojo electrónico". Es una colección de fotografías hechas con microscopio electrónico por Javier Vesperinas, el técnico de la UPNA que maneja dicho microscopio en el servicio de apoyo a la investigación. Son fotos muy curiosas de cosas cotidianes, granos de sal y de azúcar, la punta d eun bolígrafo o las alas de una mosca. Una muestra de lo que cambia el mundo cuando lo miramos a otra escala.

Me tocó a mí iagurarla con una breve charla sobre la historia de la microscopía, la propia exposición y, para no perder la costumbre, un poco de "cacharrismo" al respecto. Hicimos el microscopio consistente en poner una gota de agua sobre la lente de la cámara del movil (con un pastiquito para evitar dañarla, claro) y el del láser verde (ya contado con detalle antes).

Esta exposición viaja dentro del programa "antenas de la UPNA", un intento de extensión territorial de la universidad al territorio navarro más allá de Pamplona centrándose especialmente en lo cultural. Esperemos que funcione bien, esa extensión es muy importante (por contraposición con otras mucho más caras e inútiles). Asistió poca gente a la inaguración, pero lo pasamos fenomenal.

martes, 16 de octubre de 2018

Jornada sobre Aprendizaje-Servicio en la UPNA

El aprendizaje- servicio es una metodología docente en la que los estudiantes han de realizar un proyecto real con impacto social fuera del aula en el que se pongan en práctica conocimientos curriculares de la asinatura de que se trate.

Es una especie de cuadratura del círculo que, cuando ocurre, resulta maravillosa y gratificante para todas las partes, pero que cuesta de identificar y poner en marcha.

El 16 de octubre se celebró en la UPNA una jornada sobre el tema y me invitaron a contar brevemente mi experiencia. Ya en 2013 se celebró otra (ver aquí) en la que tenía más sentido participar, porque hacía cosas en aquel momento. Ahora fue más recordar los proyectos final de carrera que hacíamos con Tasubinsa. Pero por un conjunto de motivos aquello terminó.

De la jornada me gustó la ponencia inagural, de Pilar Aramburuzabala, describiendo lo que es el APS (ver notas en la figura), y algunas ideas sueltas que me llamaron la atención del resto de las ponencias (en su momento tuiteradas aquí):
  • que la universidad tiene que bajar de sus torres de marfil y llegar incluso al barro
  • que el APS se aproxima a veces demasiado al voluntariado (y a una acción social "misionera" un poco meh!); 
  • que la "tercera misión" de la universidad (tradicionalmente llamada extensión universitaria) requiere de un plan estratégico, en el que el APS encaja muy bien, pero entre muchas cosas más.
  • que la divulgación científica es un ámbito en el que desarrollar proyectos de APS, especialmente para asignaturas de ciencias básicas.
Fue una bonita jornada a la que tristemente asistieron muy pocas personas...


lunes, 8 de octubre de 2018

Subculturas e identidades

Leía ayer la columna de Juan Ignacio Perez "Hay una subcultura femenina y una masculina" y luego,  por azares de la serendipia, veo el capítulo (s2-e3) de Grace and Frnakie en que la pareja gay monta un "Drag Queen Bingo".

Esto me lleva a una conclusión que probablemente sea la lección 1 en estudios de género, pero que yo nunca había visto tan claro: el ocio que elegimos contribuye de forma sustancial a nuestra identidad, y en particular a nuestra identidad sexual.

Por eso hay una subcultura femenina y una masculina. Por eso los chicos que no disfrutamos con el futbol somos "frikis" (más o menos orgullosos de ello según hayamos podido gestionar esa peculiaridad); incluso sospechosos de homosexualidad (bueno, en el cole esa palabra era muy sofisticada, con "maricón" se apañaban mejor).

Hace años, trabajando en una empresa, los domingos por la noche veía Estudio Estadio (el programa que resumía los resultados de la liga) como parte del trabajo; tomaba apuntes, especialmente de los equipos de la gente de mi departamento. Era la única forma de tener conversación los lunes por la mañana, si no estabas fuera de juego (pun intended). Entonces no le daba más importancia, pero con los años me he acordado mucho de aquello. Y es que es un ejemplo en primera persona de como la presión de los pares hace que una persona ilustrada (que yo ya era doctor entonces y todo) se obligue a hacer cosas que no le apetecen en absoluto. El paradigma (subcultura o como le queramos llamar) ya estaba allí antes de que uno llegara, y te integras o eres marginal.

Afortunadamente la cultura, las subculturas (paradigmas y demás) no son estáticos, van cambiando. Y sobre ese cambio se puede influir de distintas formas. Por eso es importante la visibilización de los homosexuales (y de todo el espectro queer de sexualidades líquidas), de frikis, de personas que leen y demás minorías de una u otra forma marginales. Bueno, es importante si queremos que esa evolución vaya en la dirección de una cultura cada vez más inclusiva y abierta en la que más personas se sientan cómodas y nadie tenga que ver Estudio Estadio (ni hacer cosas mucho peores, claro). También hay gente insegura de su identidad que prefiere evoluciones culturales que refuercen los rasgos identitarios estigmatizando, incluso prohibiendo, toda expresión de la marginalidad...  mejor no acordarse de este tipo de movimientos y confiar (wishful thinking, I know) en que la historia los disuelva.

sábado, 22 de septiembre de 2018

Imposturas

Oigo en la radio que el libro derivado de la tesis doctoral del presidente del gobierno es muy malo, difícil de entender y poco interesante; versa sobre algo que el periodista considera irrelevante. Me recuerda mi estreno en el Consejo Editorial de mi universidad. Se me ocurrió decir que “los libros se publican para ser leídos” y recibí una agria reprimenda por parte de un viejo catedrático que llevaba tiempo allí. Él sostiene que los libros se deben publicar si su calidad académica lo merece, independientemente de que a alguien le pueda interesar leerlos.

Hace un par de días tuiteaba Científico en España un gif de Buster Keaton andando como un ratón en una rueda con el texto: “Pedir proyectos para poder hacer experimentos para publicar para poder pedir proyectos para poder hacer experimentos para publicar para poder pedir proyectos para poder hacer...” Al comentar yo que es rueda debería producir conocimiento me contesta Miquel Bosch que de vez en cuando, de esas publicaciones sale conocimiento, pero como efecto secundario, no como objetivo principal. Según él no puede serlo ya que el objetivo es publicar, no generar conocimiento, aunque eventualmente se genera como daño colateral.

¿El conocimiento nuevo es un daño colateral del sistema de ciencia profesional? ¿A ese nivel de impostura hemos llegado? Probablemente sí.

En algunas disciplinas la dificultad de definir bien los objetos de estudio y de la aproximación empírica hacen bueno el dicho “ya que no podemos ser profundos, seamos oscuros”. En otros la presión por publicar (el famoso “publish or perish”) ha alcanzado ya el límite de lo tolerable (no es menor el problema de la salud mental de los doctorandos, ver 1, 2 ,3, 4).

El sistema de ciencia tecnología sociedad que tenemos nace del proyecto Manhattan, ni siquiera lleva un siglo en marcha, pero su funcionamiento ha sido tan exitoso que estamos a punto de matar a la gallina de los huevos de oro. La búsqueda de más y más “rentabilidad a la inversión” está desalineando las métricas (“publish”) de lo que miden (conocimiento relevante).

A mí me gusta pensar que ese desalineamiento es un proceso aún reversible, pero viendo los comentarios de investigadores más jóvenes que yo empiezo a tener serias dudas.

lunes, 17 de septiembre de 2018

#Naukas18. De la divulgación hacia la cultura científica


Un festejo desmesurado, una "bilbainada", el Woodstock de la divulgación... Un grupo de amigos, un montón de gente muy inteligente y muy comprometida. Una genialidad, una tradición (feliz cumpleaños Milhaud).

Este año no tuve charla, pequeñísimo disgusto en comparación con la enorme alegría de recibir uno de los 3 premios Tesla que se entregan cada año, los Emi, los Oscar (hasta los Nobel ha dicho alguno) de la divulgación. Un reconocimiento de la organización de semejantes fastos es algo muy grande. Acompañado además, por otros dos magníficos colegas, @farmagemma y @mimesacojea nada menos. Muuuchas gracias.

La edición de este año, el segundo en el Euskalduna, y llegando casi a llenarse en ocasiones, fue inagurado por el ministro de ciencia, en vídeo, pero un vídeo enviado a propósito. Tuvo una charla sobre ciencia y música donde la música la ponía una orquesta sinfónica, se presentó un maravilloso documental sobre Etxenike, se entrevistó a Francis Mojica (nuestro firme candidato al Nobel, de verdad)... y muchas cosas más. Dos días fascinantes de verdad.

Viendo la evolución de los 8 años que lleva existiendo (yo he asistido a los 6 últimos), me da la impresión de que el festejo ha ido evolucionando desde la divulgación hacia la cultura científica. Al principio era un evento fundamentalmente de divulgación, era un congreso un poco especial (por la duración de las charlas y la ausencia de preguntas), pero casi un congreso. Poco a poco las charlas se han ido convirtiendo en espectáculos; unos cantando y con disfraces, otros con artes plásticas, otros apelando a emociones intensas, otros con historias maravillosas, con el humor, jugando con el público...  Puede ser que la densidad de conocimiento por unidad de tiempo haya incluso bajado, pero eso es lo de menos, para la transmisión del conocimiento en alta densidad ya está el sistema educativo, las charlas formato estándar y muchas otras modalidades. Lo interesante es haber encontrado (pulido y encumbrado) este formato en el que el conocimiento y el pensamiento crítico son el sustrato esencial de un producto cultural de primer orden, de un espectáculo brillante. Buen síntoma el que EITB haya aumentado su apuetsa por este "producto".

Bravo por los organizadores (@uhandrea, @ireductible, @aberron, @maikelnaiblog) y que podamos disfrutar de muchas ediciones más.

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El Tesla en la UPNA, El Diario.es y Europa Press

martes, 4 de septiembre de 2018

No hay que cambiar de huso horario, sino de uso horario

Al aproximarse el cambio de hora no falta quien comenta que lo que habría que cambiar es de huso horario, que si lleváramos el de Portugal viviríamos mejor, y además que éste lo puso Franco para congraciarse con Hitler, prueba definitiva de su malignidad. La verdad es que utilizar un huso horario u otro no tiene esos efectos. Cambiar de huso horario es equivalente al cambio de hora, ¿Dónde preferimos tener una hora más de sol en invierno, por la mañana o por la tarde? Esa es la cuestión (que ya comentábamos en la entrada anterior).

El terminador pasando por Pamplona en distintos momentos del año, a la derecha una foto del terminador desde el espacio.
 
El movimiento de la tierra alrededor del sol hace que vaya cambiando a lo largo del año el conjunto de lugares en los que anochece a la vez (el “terminador” que se dice cuando se observa desde fuera de la tierra). En verano amanece a la vez en Pamplona, Paris y Copenhague (ver línea azul del gráfico) , mientras que en invierno  para cuando amanece en Pamplona lo hizo antes en Paris y antes aún en Copenhague.

 A lo largo del año, por tanto, van cambiando los países con los que tenemos sincronizada la hora. Es cierto que el punto medio lo da el meridiano (y por él se pasa dos veces al año, no como con los extremos), por eso se tiende a que los husos horarios sean “verticales” (siguiendo los meridianos), pero la desincronía solar de buena parte del año es motivo suficiente como para preferir tener la misma hora que los países cercanos con los que se tiene la mayor parte de las relaciones.

En resumen, cambiar de huso horario no cambiaría apenas nada. Habría que recordar cambiar de hora al ir a Francia en vez de al ir a Portugal, pero poco más. Lo importante no es tanto el huso horario como el uso horario. En este país comemos muy tarde y cenamos aún más, dormimos poco, tenemos jornadas laborales extensas, partidas y poco flexibles. La forma de usar el tiempo a la que estamos acostumbrados genera muchísimos inconvenientes. Aunque estemos orgullosos de que la paella del domingo esté lista a las 15:30 (o más) y nos parecen unos pringaos esos guiris que a las 12:30 ya han comido, esas costumbres generan un sinfín de problemas. Claro que es mucho más difícil cambiar los usos culturales del tiempo que la denominación de las horas (sea con los husos o con los horarios de verano e invierno), pero es que lo segundo no cambia realmente nada.



En la Wikipedia hay una animación espectacular de la evolución del terminador a lo largo del año sobre Europa central, esta:

XEphem-sunset-animation.gif
De Boobarkee - Generated with XEphem, Dominio público, Enlace

lunes, 3 de septiembre de 2018

¿cambiamos la hora o no?

Todos los años dos veces nos acordamos del nombre que le damos a cada momento del día, y ahora toca. Si los días tuvieran siempre la misma duración no tendríamos líos, nos habríamos acostumbrado a llamar de la misma forma al amanecer (por ejemplo “8 de la mañana”) y así siempre. El próximo 26 de septiembre (en Pamplona) amanecerá a las 8 de la mañana y anochecerá a las 20 (con menos de 1 minuto de error), ese sí que es un día bien diseñado. Pero manteniendo el mismo sistema horario el 22 de diciembre amanecerá a las 9:35 y el 21 de junio a las 6:29.

Que amanezca a las 9:30 se hace tardísimo. Hay que levantarse de noche, y no amanece hasta que llevas ya mucho rato en el cole (trabajo, etc.). Quizá podríamos cambiar la denominación de las horas y hacer que ese día amaneciera a las 8:30, algo más soportable. Eso sí, el precio a pagar por esa decisión es que el 21 de junio amanecería a las 5:29, bastante antes de que le suene el despertador a muchísima gente.

Arriba horas de sol (en amarillo) y su denominación en los horarios de invierno y verano. Abajo las horas de salida y puesta de sol en Pamplona a lo largo del próximo año (referidas al horario de invierno, sin cambio de hora)


Hay una forma de conseguir que en junio amanezca un poco más tarde y en invierno un poco antes, consiste en cambiar la hora, usar un horario la parte del año que los días se alargan (el horario de invierno) y otro la mitad del año que acortan. Como nada es gratis, conseguir que esos amaneceres pillan algo mejor tiene la contrapartida de tener que cambiar de hora, rehacer el cuerpo de un día para otro a un horario diferente (vivir un “jet lag” de una hora), cambiar todos los relojes de la casa (y el del coche, que es de los más incómodos).

Ese cambio de hora es lo que actualmente está en vigor. Se decidió de forma armonizada en la Unión Europea hace unas décadas, poco después de la gran crisis del petróleo de los años 70, con el argumento principal de que de ese modo se ahorraba energía. Con el paso de los años, los cambios en los usos y fuentes energéticas hacen que ese ahorro sea mínimo, quizá nulo. Los ciudadanos, hartos de tener que cambiar relojes, han presionado y al final han sido consultados, votando muy mayoritariamente en contra del cambio de hora. Tampoco hay argumentos científicos sólidos, si el cambio tiene una repercusión negativa en la salud de las personas es también algo mínimo.

Hay que elegir, y se plantea una elección en que ninguna opción tiene “razones científicas” a su favor. Lo único científico es que toda las ventajas vienen acompañadas de inconvenientes, el sol hará lo mismo le llamemos como le llamemos. Si amanece antes, anochece antes y viceversa. Ningún sistema horario va a hacer los días de invierno de más de 9 horas ni los de verano de menos de 15. Yo personalmente prefiero evita el cambio (y quedarme con el horario de verano todo el año), pero nunca he vivido así desde que recuerdo. Igual al cabo de unos años me quejaría de eso también.

Hay quien lo lía todo y pretende que la cuadratura del círculo se consigue cambiando de huso horario. Me temo que eso tampoco, pero lo vemos próximamente, en otra entrada, con más datos.

Todo esto ya lo explicaba muy bien Pablo (@DonMostrenco) en Naukas hace unos años AQUI.