viernes, 30 de diciembre de 2011

Democracia madura

En el Consejo de ministros que se ha celebrado hace un rato, el nuevo gobierno presidido por Mariano Rajoy ha aprobado una subida de impuestos diametralmente opuesta a su discurso tradicional (recogido aquí por @anaaldea). También han aprobado el reglamento de la Ley Sinde, tal y como lo había dejado el gobierno anterior un par de semanas atrás.

El personaje del año según la revista Time es "el manifestante" (the protester), que en España tiene su versión en el 15M. Y no es de extrañar. Dejando aparte lo que de verdad signifiquen políticamente las dos cuestiones (impuestos y ley Sinde), el aspecto formal es abominable. Si uno puede tomar acciones de gobierno diametralmente opuestas a su discurso (el primer día y sin miramientos) ¿para que sirvió la votación? ¿Qué sentido tiene la Democracia en estas condiciones?

Sin duda ha trunfado el espíritu de la transición, el "realismo" del cartel de Suarez, incluso dicho en alemán parece que es aún más serio: real politk (o algo así). Un realismo en el que sólo hay una política, una obra de teatro y nuestra única elección está en los actores que la interpretarán. Pero no nos engañemos, llevamos 30 años luchando por este modelo de "democracia madura". La última vez que alguien se rebeló contra esa tendencia e intentó una fórmula basada en ideología, programa y acción de gobierno enlazados y coherentes entre si (independiéntemente del fondo, insisto en que sólo analizo lo formal de la democracia) fue Julio Anguita, y esa coherencia se encarnó en el eslógan "programa, programa, programa", que aún hoy genera cachondeo, y que fue blanco de críticas feroces. 

Como el mismo Anguita decía, tenemos lo que nos merecemos, una política única y una UCD desdoblada en dos partidos, uno verde y otro naranja, entre los que podemos optar de tanto en tanto para que el "realismo" continúe con esta organización social que nos da de comer y que, en el fondo, no nos molesta tanto como tuiteamos.
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