lunes, 21 de febrero de 2011

Actuad como si lo fuera

Hace un tiempo participé en un curso de formación sobre personas con discapacidad. Los asistentes querían conocer mejor el mundo de la discapacidad para tratar mejor con estas personas, bien cuando se las encontraban como compañeros bien como clientes (o usuarios). De entre los distintos tipos de personas que uno pude encontrarse resultaban de especial interés los aquejados de enfermedad mental. Tras un rato conversando, y sin que nadie lo expresara de esa forma (quizá ni siquiera lo entendían exactamente así) me vino a la cabeza que de alguna forma se necesita saber si el individuo que te está tocando las narices protestando en exceso merece un trato especial porque es una persona con discapacidad o si se le puede tratar como merece y contestarle airadamente. 

Es un punto de vista curiosísimo, del que yo creo que todos participamos de alguna manera. Si el de enfrente tiene "diagnóstico" mi orgullo y dignidad profesionales no están en juego, y aunque no me trate adecuadamente, yo si le trataré con corrección (mezclada, eso si, con un punto de superioridad y otro de condescendencia). Sin embargo si no tiene "diagnóstico" no hay justificación para su trato inadecuado y lo que corresponde es responder con energía.

Nos hartamos de decir que la discapacidad no es cualidad intrínseca de nadie (de ahí la insistencia en la denominación "persona con"). Todos padecemos discapacidades en mayor o menor grado, en unos momentos u otros. Si tengo un brazo escayolado (o más transitorio aún: llevo un bebé en brazos) padezco una discapacidad física transitoria, sin duda ninguna y, además, fácil de entender por quien tengo delante. Del mismo modo podemos entender que cuando una persona actúa de forma inadecuada (ofensiva, despreciativa, ausente) en un momento dado sufre una enfermedad mental transitoria. Quizá sea tan transitoria como el ejemplo del bebé en brazos y en minutos esté repuesto, quizá como el caso de la escayola y le cueste semanas, o quizá le dure el resto de su vida. Si mi trato con esa persona es profesional y de breve (le atiendo en una "ventanilla" o similar) verlo de esa manera debería ser suficiente, se le trata con corrección y listo.

He recordado todo este asunto a propósito del Síndrome de Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), conversando con amigos sobre la dificultad de diagnóstico del mismo. ¿Hasta que punto es un "niño movido" o un "enfermo de TDAH"? ¿Con qué precisión se diagnostica? Podemos aplicar a este caso el mismo razonamiento que en el caso anterior: actuemos como que sí, en mayor o menor grado, más o menos transitorio. Toda la parte de la actuación "psicosocial" irá bien seguro: hacer un caso especial, utilizar estrategias bien pensadas para estos chicos, proporcionar formación al entorno sobre estas pautas específicas de trato, etc. Mucho menos claro está el asunto de si hay que tratar con fármacos a cualquier "niño movido". Pero si no está claro, probablemente lo mejor sea no utilizar esa medicación, dejarla para casos muy muy claros. Por cierto, que mi abuelo médico me daba "luminaletas" y hasta "distovagales" en mi infancia cuando estaba demasiado movido, según me han contado; vamos, que no temo especialmente a los efectos secundarios de estas cosas. En cualquier caso, no es lo mismo el trato puntual, al que hacía referencia en el párrafo anterior, sobre la enfermedad mental "transitoria", que un trato continuado como el de un maestro con sus alumnos, donde el esfuerzo por "diagnosticar" lo mejor posible es necesario.

Moraleja, en ausencia de "diagnóstico", actuad como si lo fuera.
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