domingo, 27 de octubre de 2013

El cambio de hora y la medida del tiempo

Hoy es un domingo de 25 horas, triste consuelo para lo pronto que se hará de noche a partir de ahora. Es la declaración oficial de que se acabó el verano. Con este magno evento se inaguran los 6 meses al año en que el reloj del coche va desfasado, porque vas dejando de un día para otro cambiarlo (que no es tan fácil) y al final llega la primavera sin haberlo hecho. Lo contrario le ha pasado a los dispositivos en los que consulto la hora más habitualmente: el teléfono y el ordenador. Ambos "dispositivos listos" (smatr devices) han sido tan listos que se han puesto en la nueva hora solos.

Este pequeño milagro inadvertido es el último avance del inmenso desarrollo que ha experimentado la medida del tiempo en unos pocos años. En la foto de la derecha está el reloj que me regalaron mis abuelos en la ceremonia de paso a la adolescencia (que entonces era inexcusablemente religiosa y se llamaba primera comunión). Lo más avanzado en tecnología de la época a disposición del público en general. Lo de las agujas y marcas horarias fosforescentes (que brillan en la oscuridad) me parecía fascinante. Era un reloj mecánico, al que había que darle cuerda todos los días, y que tenía una precisión muy aceptable, pocos días se descalibraba más de cinco minutos. Así pues aquel reloj había que ponerlo en hora cada día, a veces más de una vez al día. Esa necesidad de calibración frecuente exigía un patrón que estuviese a mano, ¿respecto de qué se ponían en hora los relojes? El patrón estaba disponible a través de otro maravilloso invento tecnológico, unas décadas más viejo, la radio. "Al oír la ultima señal serán las doce, pi, pi, pi, pi, piiiiiii". Las señales horarias que se superponían a la programación, cada hora, en todas las emisoras, proporcionaban la señal precisa con la que calibrar los relojes. 

Los dispositivos inteligentes actuales hacen algo parecido, solo que ya no requieren de nuestra intervención consciente. Las señales de calibración llegan desde los satélites GPS, o desde la red de telefonía de la operadora o incluso desde servidores específicos de tiempo universal. El microchip del dispositivo las recibe y sincroniza la hora automáticamente. Una maravilla de altísima tecnología que ocurre discretamente en nuestro móvil, sin que nos enteremos de nada.

En los tiempos de los relojes mecánicos esperar diez minutos "de cortesía" al comienzo de cualquier reunión era algo casi inevitable, dada la precisión de los relojes que guiaban la vida de los reunidos. No era raro llevar el reloj diez minutos descalibrado, o incluso que se parase porque habías olvidado darle cuerda. Con la llegada de los relojes electrónicos, basados en la oscilación de un cristal de cuarzo, la precisión se hizo inmensa, esos relojes no necesitan ponerse en hora ni una vez al año. Pero además se hicieron baratísimos. Lo que antes era un regalo que se hacía ya a un adolescente, y tenía un precio muy significativo, ahora viene de regalo con una hamburguesa en un restaurante de comida rápida. El deseo de fardar y otras consideraciones antropológicas hacen que sigan existiendo relojes carísimos, pero eso ya es otra historia, porque para llevar la hora en la muñeca con asombrosa precisión (y alarma, cronómetro, luz,...) con 5 euros se consigue.

No hace aún dos siglos, el Capitán FizRoy levaba a bordo del Beagle, además de al joven Darwin, más de 34 "cronómetros náuticos", relojes de sobremesa, con los que conseguía una medida del tiempo suficientemente precisa y calibrada como para navegar con razonable control del rumbo por los mares del planeta. Quién los iba a decir a aquellas personas que hoy la medida del tiempo había llegado a tal nivel que no la notamos.
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