lunes, 10 de junio de 2013

Semáforos y liberalismo

Todas las mañanas, camino del campus, paso por un cruce de esos  que requieren pulsar un botón para se que se ponga verde el semáforo de los peatones. Hay poco tráfico de coches, y menos de peatones, pero aún así se coincide y hay que regular el paso. Siempre me resisto a darle al botoncito, porque el tiempo que se impide el paso a los coches es bastante mayor que el que yo necesito para cruzar, y da rabia molestar innecesariamente. Pero mientras haya coches, si no lo pulsas no cruzas. 

Es fácil darse cuenta de que el óptimo aprovechamiento del tiempo se produce si los coches cedieran el paso a los peatones las pocas veces que los hay. Pero eso no ocurre. Antes de poner el semáforo hubo un paso de cebra años, un paso de cebra que jamás se respetó. Y es que las autorregulaciones en las que los poderosos han de renunciar al uso de su poder, sin más contrapartida que sentirse solidarios, no parecen funcionar. Tuvo que intervenir el estado (en forma de ayuntamiento) e invertir dinero público (en semáforos) para conseguir una armonización de los derechos (de paso) de dos colectivos distintos, consiguiendo un uso no óptimo de los recursos. La verdad es que visto así suena un poco triste, pero la alternativa es peor, ya que uno de los colectivos apenas gana nada (décimas de segundo quizá) y otro pierde mucho. 

Los dos colectivos del ejemplo los forman las mismas personas. Muchos de los que pasamos por ahí a veces lo hacemos como peatones y a veces como conductores. No es que haya clases o castas de personas, sino que hay situaciones de poder y otras de desprotección. Y cuando se está en una situación de poder es tan difícil renunciar a su uso que, a efectos sociales, podemos considerarlo imposible. No me queda más que concluir que el liberalismo es una ilusión de los que casualmente van en coche.
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