miércoles, 6 de julio de 2011

China, liberalismo y coherencia


Me dice un amigo que sus hijos van a comenzar ya a aprender Chino Mandarín. Está convencido de que cuando sean mayores será el idioma inexcusable, como hoy lo es el inglés (y tanto se disgustan las personas que en sus estudios primarios cursaron francés). De su experiencia, relativamente amplia, de trabajar con colegas chinos, está convencido de que a los occidentales nos queda muy poco tiempo de liderar la economía mundial. Los chinos ya no se limitan a fabricar lo que diseñan en Estados Unidos, ni siquiera se limitan a fabricar, sino que han comenzado a “externalizarse” y cada vez más tiendas y bares están hoy regentados por gentes de aquel país. Como decía Napoleón, cuando China despierte el mundo temblará, y parece que se están desperezando ya.

Otro de los contertulios se sorprende, más bien se lamenta, de que hayamos llegado a esta situación siendo un régimen tan poco democrático. La democracia es cara. Y eso de irse lejos a producir bajo condiciones laborales y medioambientales que no toleramos para nuestros hijos es trampa. Una trampita que le puede salir bien a los primeros que lo intentan, pero que se vuelve contra todos cuando se generaliza. ¿Por qué se permitió llegar tan lejos? Si hubiera sido con Fidel Castro no hubiera ocurrido, del mismo modo que las Comunidades Europeas no permitieron la entrada de la España de Franco.

A mí me parece que desde que cayó el muro de Berlín ya no hay más argumentos que los económicos ni más economía que el liberalismo a ultranza, un cortoplacismo miope que exprime todo lo que toca sacando mucho jugo hoy y no dejando para mañana más que la cáscara amarga. Absurdamente lo defensores de ese sistema les enseñan a sus hijos Chino Mandarín y se lamentan por lo dura que va a ser su vida.
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