Cultural y físicamente el coche nos está matando.
Más allá de toda duda razonable, el calentamiento global acelerado que sufrimos se debe a la devolución a la atmósfera de CO2 secuestrado en un pasado geológico. Como lo sabemos, cuando aún imperaba la razón, acordamos ponerle un límite a los coches de combustión. Pero en el nuevo marco al que nos ha arrastrado la extrema derecha global eso "ya es historia". Como si la causalidad ponerla en pausa cuando no nos viene bien. Una industria acostumbrada a mover cantidades ingentes de dinero es natural que no quiera dejar de hacerlo. Con el pequeño matiz de que con ello nos construye un futuro cada vez menos ilusionante, apenas vivible.
El vehículo privado, esa extensión de nuestra casa y de nuestra personalidad. Ese maravilloso exoesqueleto de acero que nos transporta. Promesa de libertad, cuando los atascos no lo impiden, paraguas cuando llueve y armario de primera necesidad siempre a mano. Desde que empezaron a ser mínimamente asequibles, en la España de los 1960, todo el mundo aspiraba a, al menos, un Seat 600. Y nos hemos vuelto adictos (yo el primero) a esa disponibilidad de transporte y a todos los valores y elementos culturales que acarrea. Apenas queda gente viva que recuerde el mundo antes de que estuviera invadido de coches y nos parece tan natural, que cuesta (mucho) imaginar alternativas deseables.
Inevitablemente el coche es un campo de batalla privilegiado para esas "guerras culturales" que nos arrastran los negacionistas de cualquier sensatez. En vez de "utilitarios" que acentúen los valores de uso hay quien busca coches con esteroides, lo más grande y pesado que haya, que pueda hacer ostentación de que tengo dinero para su combustible y que pongo mi "libertad" de poder ir al campo (si un día me apeteciera) por encima de cualquier consideración. Y rizando el rizo, nuestro empresario modelo de todas las maldades, publicita un coche que puede volar, o al menos saltar muy alto. Algo que no se sabe muy bien para qué podría servir, pero es que a nadie le importa que los coches sirvan, lo importante es lo demuestran, en este caso capacidad, poderío, potencia, y la posibilidad de saltar por encima de cualquier obstáculo que le puedan poner. Es la esencia misma de las políticas que propugnan, esas que desprecian como obstáculos en su camino la legislación, la justicias o colectivos indeseables. En el camino hacia su ideal supremacista y bárbaro, los obstáculos se saltan.
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La resaca de las fructíferas negociaciones para todos menos para una, se me pasó el sábado sin entrada diaria. Pero como en los blogs se pueden trucar las fechas, voy a quitarle 13,5 horas a la de publicación real y que figure como del día 17. Permitidme esa pequeña concesión a la estética

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