martes, 27 de octubre de 2026

Tres planos del poder (diario de campaña, día 22)

La gestión de la Polis, la ciudad como paradigma de lo común, es la política, organizarse para hacer funcionar los común. Aquí y ahora esa actividad tiene al menos tres planos en cuyas intersecciones hay fricciones a veces insoportables: la infraestructura del poder, su consecución y su ejercicio.

La infraestructura del poder son los partidos políticos, unas organizaciones desorganizadas en las que siempre hay más trabajo que dinero para pagarlo, y siempre más personas profesionalizadas que ilusionadas por el proyecto que les ocupa, como cualquier otra empresa a la que uno va a ganarse el jornal y que salga la producción ya si eso.

La consecución del poder consiste en ganar unas elecciones, ganarlas suficientemente como para tener alguna representación. En los últimos tiempos la actividad electoral se ha “futbolizado”. Se hacen todos los esfuerzos posibles para desvincular la captación de voto de cualquier cosa que tenga que ver con las medidas propuestas para de gobierno, programas, etc. y limitarse a crear identidad, grupo, hooliganismo. Unidos frente al enemigo común, simbología, eslóganes simples y poco más. No importa qué vayamos a hacer mientras lo hagamos nosotros.

Finalmente el ejercicio del poder queda muy huérfano. Cuando hay un puesto de gestión se acaba colocando a alguien sin saber muy bien por qué, alguien visto como el interino de turno por las personas funcionarias del departamento de que se trate, que son las que (creen) que hacen funcionar todo y que maquinan para arrimar al político a su sardina. Esa persona apenas recibe directrices sobre su gestión, sí sobre su imagen pública, las prioridades informativas del gobierno del que forme parte y cosas así. Sin coordinación, sin visión de largo alcance, sin el apoyo del conocimiento científico sobre su ámbito de competencia, sin herramientas reales de transformación su actividad será un éxito si consigue salir del puesto sin haber generado algún destrozo de primera plana.

La infraestructura necesita dinero, que procede de los cargos públicos en forma de las subvenciones correspondientes y las personas asesoras de cargos. Para colocar cargos hay que ganar elecciones. La mejor virtud del candidato es la docilidad y la segunda la imagen pública. Entre esto y el hooliganismo electoral queda poco hueco para fijar un punto de destino (la ideología) y menos para trazar el rumbo óptimo hacia allá (el programa), tarea de fuerte componente científico.

Con estas breves ideas en la cabeza es fácil entender las noticias de precampaña, tanto las de los que intentan esconder su agenda real de progresivo desmantelamiento de lo público como las de los que viven el proceso como si les fuera el sueldo en la confección de listas.

No se puede acabar una nota como esta sin un aviso bien claro. A pesar de toda esta mierda y el inmenso margen de mejora que tiene, las alternativas autoritarias son muchísimo peores, que no quede duda.
 
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Ayer me salté el diario, después de 20 días ya no es diario de todos los días. Pero bueno, era una tarea difícil. Ahora que ya no son el mismo número, he preferido mantener la numeración de los días naturales desde que empecé a escribir (creo que a 55 días de las elecciones) que de los textos.
 
Toda esta abstracción es la sublimación de lo vomitivo de las "negociaciones" en que me he visto arrastrado los últimos días y que, a pesar de todo, no me deben alejar del verdadero objetivo. Cera en los oídos a los cantos de las sirenas de la mezquindad.

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