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lunes, 11 de agosto de 2025

Emociones y viralidad (y burbujas de odio)

Utilizamos la palabra viralidad para referirnos al ritmo transmisión de un contenido digital de unos a otros usuarios por analogía con el comportamiento con los virus (cuya "contagiosidad medimos con el "índice de propagación"). Se ha estudiado que la viralidad de un contenido depende de las emociones que provoca. Un estudio de 2012 analizaba esto experimentalmente con mucho detalle a partir de un conjunto de datos de anuncios del New York Times (hay un preprint libre en ESTA web).


 Los grados de virulencia son promedios, cada persona tendrá sus emociones, pero al medir sobre miles de interacciones se obtienen valores medios y se aprecian diferencias importantes con el tipo de emoción.

Las cosas que consideramos sorprendentes, interesantes o políticamente valiosas nos mueven bastante a reenviarlas, pero lo que más es el cabreo (la ira, el enojo, "anger") como podemos ver más abajo. Aunque entender qué significan los ejes de la gráfica es lioso (hay que entrar en detalles del experimento), nos podemos quedar con que es una medida de la viralidad que produce cada emoción:

 


 Además de ser un resultado académico más o menos interesante para distintos fines, nuestra propensión a airear los enfados (viralizar el cabreo) explica cómo las redes sociales realimentan ese tipo de contenido llenándose de contenido de odio (de cabreo cuando menos) y dejando poco espacio para contenidos mucho más valiosos: informativos, bonitos, sorprendentes, etc.

El proceso está descrito muy bien en el vídeo de abajo (6 min de CGP Gray, un canal excelente).

Las "fuerzas" que nos mueven a los humanos a hacer cosas no son como la de la gravedad, son modificables. No es inmediato conseguirlo, conocer un sesgo ni de lejos supone evitarlo. Pero estaría bien que, conociendo estas cosas, hiciéramos esfuerzos por "controlar" nuestra ira viralizadora y ayudar a mantener unas redes sociales mejores.   

sábado, 7 de diciembre de 2024

Despistado digital III: el renacer

 

Escribía en septiembre de 2023 sobre lo desagradable de tuiter (X en realidad) y la dificultad para encontrar sustitutos de su funcionalidad. En octubre sobre la idea de que no salía de allí por adicción. El giro de guion de los últimos días supone un nuevo capítulo en esa historia. Con la victoria de Trump en las elecciones estadounidenses, conseguida en gran medida por el apoyo brutal del dueño de X, ha comenzado una desbandada de personas e instituciones de aquella red, y han ido a recalar en Bluesky. Cada cual con su argumentario, unos manteniendo la cuenta de X, otros cerrándola, el caso es que Bluesky ha subido millones de usuarios en pocos días (y lo ha soportado técnicamente bien).

Aunque llevaba más de un año en Bluesky y Mastodon y ninguno se acercaba a la experiencia de tuiter, decidí cerrar la cuenta de X el 13 de noviembre. Por casualidad, ese mismo día The Guardian también decidió abandonar X, y eso fue el disparador que llevó a un éxodo muy considerable. Millones de cuentas llegaban a Bluesky y cientos a mi TL. En unos días había rehecho muchas relaciones y listas de las que tenía en tuiter. De una forma inesperada y aparentemente mágica, se había reconstituido el entorno de tuiter de hace más de 10 años.

Por supuesto que esto es un estado transitorio (¿qué no lo es?) y evolucionará. Seguramente irá a peor como la segunda ley de la termodinámica (no literalmente) indica. Sin embargo hay esperanza, por un lado las personas llegamos aprendidas, “dont feed the troll” es algo ubicuo. Es más, no ya alimentarlo, ni siquiera verlo gracias a los bloqueos masivos desde listas creadas al efecto evita encuentros indeseables. Tanto los usuarios como la tecnología no son lo mismo, así que quizá nos de un tiempito de tranquilidad.

Internet no es el unicornio rosa que soñamos, la (des)evolución de los buscadores, la “enshitication” de la red con la ayuda de la IA o la conciencia del coste medioambiental de las granjas de servidores están ahí, pero tampoco es el demonio con cuernos. Disfrutemos lo bueno mientras dure.

lunes, 4 de diciembre de 2023

Colonos digitales


Hace unos años hizo fortuna la expresión "nativos digitales" para hacer referencia a los jóvenes que habían nacido ya en un mundo digital. Se les suponía una habilidad innata para el manejo de esos dispositivos. Aunque aún se escucha esa expresión, es indudable que no existen conocimientos digitales innatos, y que si hay un uso temprano de dispositivos, lejos de conducir a un uso más fluido, genera vicios y malas costumbres. La realidad es que todos somos colones digitales. Como un carromato de personas enfilando hacia el sol poniente en los estados unidos del siglo XIX, adentrándose en lo desconocido.

Se ha creado un entorno digital, un conjunto de servicios interconectados a través de internet al que accedemos a través e nuestro ordenador o nuestro móvil. En ese entorno hay espacios de ocio (juegos), de relación (redes de amigos, conocidos o incluso enemigos), de negocio (videorreuniones, teletrabajo) o de comercio. Es un entorno interconectado también con los preexistentes, no es un mundo al margen de la realidad, las personas con las que te relaciones o el trabajo que realizas existen en el mundo real.  Es como si en la ciudad que habitamos se hubiera construido un nuevo lugar, solo que este es digital en vez de físico, accedemos con la mediación de un dispositivo.

Nuestros padres y abuelos nos enseñaron a habitar los espacios físicos: a mirar a los dos lados de la calle antes de cruzar o a no aceptar caramelos de desconocidos, por ejemplo. Nos acompañaron a excursiones, restaurantes, cines o supermercados. Con ellos, de manera natural, aprendimos qué se hace en esos lugares, cómo se trata con las demás personas que hay allí, la forma en que se espera que vayamos vestidos o las actitudes que resultan convenientes. La socialización en el espacio físico es tan obvia, tan natural, que ni reparamos en ella. Sin embargo, en ese nuevo "barrio" que es el entorno digital entramos todos juntos por vez primera, sin experiencia previa. Abuelos, padres e hijes, como los colonos en su carromato.

Nos dieron "tierras gratis" en el nuevo espacio: correos electrónicos, blogs y servicios varios, y los pioneros que fueron más hábiles les sacaron partido y se convirtieron blogueros o youtubers de éxito. También hubo quienes, ante la ausencia de unas fuerzas del orden bien establecidas, hicieron del crimen (el cibrcrimen) su forma de vida. Pero aquel oeste era un sitio físico distinto, o estabas allí o estabas en "la civilización", mientras que el nuevo espacio digital vive entreverado con el físico, compartimos lugar y tiempo. Además, ese nuevo "barrio" no es opcional, unos lo disfrutaremos más y otros menos, pero está ahí para quedarse y todos tenemos que pasar por él para hacer algunos recados.

Pocas veces en la historia nos enfrentamos intergeneracionalmente a un entorno desconocido que hay que colonizar. Todes tenemos que aprender, generar usos y costumbres, etiqueta y buenas maneras. A nivel individual, pero también colectivamente, estatalmente. Hacen falta más y mejores regulaciones legales y, sobre todo, formas de hacerlas valer. Como en todos los entornos, los poderosos tienen una irrefrenable tendencia a convertirse en abusones, y para evitarlo (al menos en lo más extremo) esas regulaciones no deberían centrarse especialmente en esas actividades y no limitarse a los robagallinas. En los espacios físicos eso no se ha conseguido mucho, no confío mucho en que en los digitales vaya a cambiar. Pero por lo menos deberíamos tener claro dónde están los verdaderos problemas (que no es ni un dispositivo de acceso concreto ni una generación particular).

 

jueves, 12 de octubre de 2023

Despistado digital II. Una adicción

 (Hace unos días hablaba de este despiste digital y decía que no me iba de tuiter por utilitarismo, hoy descubro que no, es por adicción)

He dejado de entrar en ex-tuiter prácticamente del todo, me da reparo. Y en cualquiera de estos otros sitios (Bluesky y Mastodon) no me engancho como lo hacía allí. Estoy descubriendo el lado más oscuro de mi relación con tuiter, la adicción, una "navegación zen" por contenidos diversos y escogidos que me hicieran sentir bien. Tenía listas de contenidos artísticos, científicos, "fuentes ligeras de ciencia" (contenido gráfico sobre todo), de humor, de contenido local... Muchas listas muy específicas y siempre había una en la que echar un rato. Contenidos que me absorbían lo suficiente como para producir relajación. Ahora que lo pienso (y lo miro con distancia y síndrome de abstinencia) esos paseos por e tweetdeck eran muy parecidos a fumarse un pitillo. Algo que dejé hace más de 20 años, pero que recuerdo con fuerza en este momento de desenganche de un hábito poderoso. El efecto secundario de los ratos de relajo basados en la nicotina es el deterioro de la salud física. En cambio el efecto secundario de un rato de distracción por contenidos variados es aprender cosas. Aprender cosas de una forma muy aleatoria, cosas que no iría a buscar si no me las encontrara por casualidad. Una peculiar culturilla ligera de aluvión que, a diferencia de la tos matutina del tabaco, me resultaba la mar de agradable.

En mi tarea por dejar definitivamente el vicio, me estoy esforzando por mantener los efectos secundarios: (i) la relación con personas interesantes, muchas ya amigas y (ii) esa culturilla dispersa. Pero hasta hoy pensaba que eran lo principal de mi uso de tuiter y no el efecto secundario de la adicción. Los chicles de nicotina y pipas de mentol hacen su función, sin duda, pero no te quitan el mono. La adicción de la nicotina (o las porquerías que sea que lleva el tabaco) es muy poderosa. Con Feedly, Bluesky y Mastodon empiezo a tener cubiertas las funcionalidades que buscaba, sin embargo seguía incómodo porque me faltaba "algo". Hoy descubro que lo que me falta es el efecto relajante adictivo de pasear la vista por un tweetdeck lleno de columnas. Y eso, tan personal y tan cutre en cierto modo, no se va a reconstituir en ningún otro lugar.

Todavía guardo el paquete de puritos que tenía en la mesilla cuando gracias a unas anginas para dejar de fumar. Al irme curando fui retrasando coger el momento de encender el siguiente cigarrillo y hasta hoy. Aunque sea por simetría poética, seguramente no me cerraré la cuenta de tuiter, pero tengo que hacerme a la idea de que estoy dejando una adicción sin sustancia bastante poderosa.
 

domingo, 10 de septiembre de 2023

Despistado digital

Extwitter me repugna cada vez más. Por un lado que me retransmiten todas las miserias de las que yo intento huir. Es imposible no enfadarse si te ponen todas las tonterías de voxeros, los toreros, De Santis y demás. Por otro, la sensación de estar aceptando y colaborando con la reconversión de ese espacio que está haciendo su extravagante dueño. Estamos sufriendo un montón de modificaciones incomprensibles y destructivas del espíritu que disfrutábamos allí. Y toda esta decadencia se sostiene por el contenido de los usuarios. Aunque sea mínimo, cada contenido que pongo o muevo por allí genera algo de valor que apuntala eso que me repugna. No lo puedo soportar… pero tampoco me animo a irme como sí hizo @JavierArmentia bien al principio.

Si deontológicamente quiero irme, no lo hago por utilitarismo. A lo largo de la última década se fue convirtiendo en mi medio de comunicación. Además un sistema muy especializado y sofisticado. Tengo listas específicas de temas que me interesan, personal y profesionalmente. Listas posibles por que cientos de agentes relevantes tienen cuentas allí. Así puedo estar al día, por ejemplo, de lo que ocurre en oncología radioterápica. Hay médicos, clínicas, empresas y asociaciones que tienen cuentas de twitter y publican información de actualidad. No hay forma (fácil) de seguir ese nivel de actualización sin ser miembro activo de esa comunidad. Y ese nivel de información es muy útil para mis clases sobre esos temas.

Con la intención de mantener estas vías de información he intentado revivir Feedly, ese agregador de feeds en que convertí Google Reader cuando lo cerraron. Pero los feeds que seguía eran blogs fundamentalmente y, oh sorpresa, los blogs han desaparecido. Las personas que tenían blogs los reconvirtieron a “microblogs” y más recientemente a “newsletters”. Bueno, o los dejaron sin más, pero aquellos tiempos de la blogosfera están más que periclitados. Es curioso que, a pesar de tener 200 suscripciones en el Feedly, a diario me llegan cosas de 3 sitios: Microsiervos, The Conversation y SYNC, un agregador de agregadores.

En lo que es puramente social, el patio del recreo, si hay alternativas. Tanto Mastodon como Bluesky van haciendo poco a poco el papel. La verdad es que en Mastodon me cuesta construir una red que me interese, está lleno de frikis de otro barrio distinto del mío, programadores, linuxeros, gamers y esas cosas que, la verdad, no me interesan. La cosa cambia con Bluesky, ahí se ha reconstruido un entorno idéntico al twitter antiguo, al de hace más de 10 años, y resulta igual de satisfactorio, al menos en lo que se refiere a información generalista y relación con personas de intereses análogos.

Una tercera cosa para la que sirvió twitter en un momento dado fue para la autopromoción, y más que personal, de actividades realizadas. Cuando hacíamos “Ciencia en el Bar”, solo publicitándolo en Twitter recibíamos público suficiente. Eran tiempo en que había comunidades locales de personas tuiteras, pero eso acabó hace tiempo. Es un dato que, con casi 10.000 “seguidores”, si aviso de algo en el blog no suele llegar a las 20 lecturas. Así que esa vía de publicidad de programador cultural wannabe ha ido desapareciendo también, o al menos a mi.

En fin, seguiremos dando palos de ciego en este mundo digital tan potente como, en ocasiones, frustrante. Si alguien tiene alguna idea que avise, toda pista será más que bienvenida.

miércoles, 26 de julio de 2023

Adiós Netflix (hola RTVE Play)

Hace unas semanas la cuenta de Netflix que compartía con mi hija me dejó de funcionar. Se cumplía lo que habían anunciado, si no vives en el mismo lugar no puedes compartir cuenta. Se ponía en práctica una decisión que, en la práctica, supone una importante subida de tarifas. Claro que en esta casa podíamos permitirnos una suscripción a este servicio, pero ¿realmente merece la pena?

En el mundo en que vivimos es difícil saber que “merece la pena”. Los intangibles que entran en esa cuenta son muchos. Hace años calculé que con el dinero de poseer un mantener un coche podía disfrutar de una mezcla de transporte público, taxi y coches de alquiler que daría mucho mejor servicio. Pero los pequeños beneficios de sensación de libertad, inmediatez y, por qué no decirlo, de estatus que supone un coche me convencieron. A pesar de todo me “merece la pena” tener coche, cosa que cada vez le pesa más a mi conciencia medioambiental.

Volviendo al streaming audiovisual, yo en realidad veo muy pocas cosas. Si es por llenar los pocos ratos que dedico al audiovisual, con otro servicio que ya tenemos y la plataforma gratuita de radiotelevisión española hay más que suficiente. Claro que si quieres ver algo concreto que sólo está en Netflix… ya, pero por ese camino habría que tenerlas todas, es un “por si acaso” demasiado caro. Por último, si la plataforma hubiera subido el precio porque tiene problemas financieros aún, pero es que lo ha hecho porque no crece lo suficiente, algo que fácilmente se entiende como avaricia. 


Decidido no reengancharse al servicio, he empezado a usar algo más RTVE Play, y en el cambio se observan diferencias curiosas que merecen un comentario. Netflix pugna por tu atención, quiere que te quedes allí, no te deja ver créditos ni elegir con calma, arranca vídeos, pone el siguiente episodio, te agobia con prisas para que no pases un segundo sin estar bombardeado por contenidos que, con un poco de suerte (para ellos) te resultan inexcusables y te quedas allí. Para ello te conoce bien, se acuerda de lo que has visto, te ofrece seguir donde dejaste lo anterior o contenidos acordes con tu perfil. RTVE Play en comparación resulta ascético, ni sabe quien eres ni le importa. Es la versión digital de un videoclub. Aquí tienes lo que puedes ver, coge lo que quieras y lo pones, y si quieres retomar una película a medias ya te acordarás tú y “rebobinarás” hasta allí. Por otro lado, la oferta es amplia pero no con la sensación de infinitud que da Netflix. Es interesante la colección de películas altamente gafapasta que ofrece (las que ponen en los ciclos de la 2 de cine clásico, europeo, español, etc.), así como que cada una está un tiempo limitado y van cambiando. Una oferta realmente interesante, por el contenido y por lo acotado de la oferta, que facilita la selección.

Resulta difícil no antropomorfizar robots y, entre ellos, servicios tecnológicos. En esa línea, veo la interfaz de Netflix como un camarero obsequioso en extremo (“I will be your servan tonight” que te dicen a veces camareros en USA), pero a la vez ladino, que con su jabonosa cháchara te acaba coloca los productos que le interesan a él. Por el contrario el servicio europeo no es ni siquiera servicio, es muy parecido a la estantería de DVDs que aún no he retirado de casa (¡aunque haga años que desapareció el reproductor de DVDs!). Quizá esté racionalizando demasiado una decisión (que, como todas, sabemos que se toma sentimentalmente) pero estoy contento de haber echado al baboso yankee y volver la mirada a la estantería.


miércoles, 1 de marzo de 2023

Monstruos olvidados (los NFT)

 

Ayer retuiteaba Wicho este meme que me hizo mucha gracia. Es un meme clásico para jugar con dónde se pone la atención y lo que está totalmente olvidado.

Me gusta especialmente que los NFT se hayan olvidado tanto como para ser carne de meme. Sobre el invento de los NFT escribí hace dos años, cuando estaban de moda. Bajo el pedante título de que el sueño de la mente simbólica produce monstruos concluía que este invento podía tener éxito o no dependiendo del interés que se mostrara en ellos de forma colectiva, pero que a mi personalmente no me resuena con mis valores e intereses. Veremos si terminan de desaparecer como lo hizo la filatelia como forma de inversión.

domingo, 26 de febrero de 2023

Derechos de autor de obras con IAs o fotos

 Esta semana la oficina de derechos de autor de EEUU ha decidido retirarle esos derechos a una obra creada con la inteligencia artificial Midjouney. Un fallo como este da mucho que pensar, de hecho la capacidad artística de las inteligencias artificiales era un tema de conversación habitual en los último meses. Curiosamente creo que lo que más nos hace plantearnos no es lo que sí hacen las inteligencias artificiales, sino la esencia de lo que hacíamos sin ellas. ¿Alguien puede definir de forma precisa e inequívoca qué es arte? Pues si no se puede no hay discusión.

Quizá no podamos definir con precisión lo que es arte, pero sí podemos aproximarnos a los usos u costumbres que están universalmente aceptados sobre este tema. Por ejemplo la fotografía. Una puesta de sol puede ser muy bella y producirnos fuertes emociones, pero nunca diríamos que es arte. En cambio una fotografía de esa puesta de so sí podría serlo. Una fotografía realizada por un artista humano, con una intencionalidad, un gusto estético que le hizo elegir ese modelo y elegir entre las muchas fotos que disparó la que finalmente expone en una galería o algún otro espacio tradicional del circuito artístico. ¿Alguien pensaría que esa foto no puede ser arte por que en su creación se ha utilizado una “cámara de fotos”? Por muy tecnológico que sea ese dispositivo que media entre la intención de la artista y el producto final.

Desde un punto de vista conceptual, estas inteligencias artificiales se parece mucho a las  cámaras de fotos. Observan un trozo del mundo seleccionado por los artistas, ofrece resultados ante una intención manifestada por el artista y entre de ellos se selecciona el producto final, de nuevo una selección intencional realizada por la autora. El trozo de mundo que observa el dispositivo no es una puesta de sol sino muchas, un conjunto de datos de entrenamiento. Pero es un conjunto concreto, seleccionado con una finalidad, no es algo aleatorio. Lo mismo que pasaba cuando el fotógrafo  fue a mirar un espacio concreto y no cualquier lugar. Lo mismo que cuando eligió entre diferentes tomas.

No es arte cualquier foto ni lo es cualquier producto de Dall-E o Midjourney. Hace falta que lo manejen personas que las operen con una intención artística y las hagan navegar por el trozo adecuado de la realidad y seleccionen de entre sus productos el ideal para su empaquetamiento final y exposición hacia el público. Eso hizo Kristina Kashtanova creando cómic ayudándose de Midjourney. Conceptualmente (en mi opinión al menos) igual que podía haberse ayudado de una cámara de fotos, una fotocopiadora o, en última instancia un lápiz. Y eso es lo que cuestiona la oficina de derechos de autor insistiendo en que no se puede proteger una obra “no humana”. Como si se le negaran los derechos a una foto de una puesta de sol que, obviamente, tampoco es humana.

El ámbito del derecho no es el entorno en el que se encuentran las argumentaciones filosóficas más finas, pero es el que tiene que responder antes frente a innovaciones. Alguien reclama, alguien se queja y hay que resolver cuando la filosofía está aún desperezándose. Estos fallos nos animan a darnos más prisa en esa reflexión e ir tomando postura. La mía está clara, las IA son lápices con esteroides.

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Referencias y notas:

Supe del tema por este hilo tuitero de Elen Irazabal. Allí mismo hay referencias a la noticia en distintos medios como Ruters. En esa noticia se enlaza la carta de la Oficina de Copyright de USA (que se baja en pdf al pinchar). Son 12 folios con figuras y una descripción detallada de como funciona la IA, vamos que no es que no la entiendan. Por cierto, la figura que ilustra el post está tomada de la carta esa. Otro par de sitios donde he leido la noticia son Hipertextual y Xataka. En la primera hablan de que los abogados de la artista usaron el ejemplo de la cámara de fotos (lo que digo yo arriba), y que la IA fue demandada por un grupo de ilustradores que, obviamente, no comparte el punto de vista y ven amenazado su trabajo y pretenden protegerlo legalmente. En junio pasado en el festival de arte y ciencia de la UPNA ya hablábamos de este tema, al final de la charla sobre diseño.

lunes, 8 de agosto de 2022

Tribalismos tuiteros

En Twitter no te puedes entretener en todos los detalles de un razonamiento. El tweet queda como un titular, como un resumen. El otro día había mucha discusión sobre la oportunidad de las medidas de ahorro energético que había propuesto el gobierno por decreto y a mí se me ocurrió comentar que era lo único que va en la dirección correcta contra el cambio climático (ver tuit).

Está claro que es un tema muy polémico porque me llovieron un montón de consideraciones. La primera que no debería llamarle cambio climático sino emergencia climática. Otras insistían en que no es lo único sino que hay muchas otras cosas también posibles. Otras se empeñaban en que debería animar a la intensificación de la oferta en vez de plantearme limitar la demanda. Una intensificación que debería pasar por las nucleares, por supuesto. Finalmente otros se limitaron a insultar sin más. Me sorprendió especialmente lo de los insultos porque no estoy acostumbrado a que me ocurra (los bloqueé a todos, claro).


 
Quizá mi tuit no era todo lo cuidadoso y precisó que requiere un tema tan polémico pero las respuestas que tuve tampoco lo fueron, la mayoría eran incluso más bastas que mi propuesta inicial. Por eso no me animé a entrar a discutir con ninguno de los “respondedores”.

En toda esta polémica, en la de mi tuit y en muchos otros sobre el tema, me pareció especialmente patente que no se diferenciaran opiniones de cuestiones más o menos bien fundadas. Eso me llevó a poner un segundo tuit sobre la importancia de diferenciar la mera opinión del conocimiento experto y tuvo mucho éxito, Incluso entre algunas de las personas que habían criticado el anterior. La relación entre ambos solo estaba en mi cabeza no la hice explícita.

Sin duda el sesgo de confirmación nos afecta a todos, así como el tribalismo, pero en las redes sociales y con temas particularmente polémicos o politizados la cosa se vuelve opresiva.

martes, 6 de abril de 2021

La mente simbólica produce monstruos

Los países no existen. O al menos no existen de la misma forma que lo hace una piedra. Un país o un estado es un concepto compartido por muchas personas, en parte por tradición, a veces por imposición, pero no deja de ser algo que está en la mente de las personas. Si dejase de haber personas, dejaría de haber países instantáneamente. También dejarían de existir el dinero, las religiones o el arte. En el fondo, la mayor parte de las cosas que nos mueven a diario no son sino conceptos compartidos (1), no objetos reales. Bueno, suponiendo que tengas suficientes objetos reales como para no pasar hambre ni frío (lo que es cierto para la inmensa mayoría).

Una de estas creaciones conceptuales que ha resultado muy exitosa es la de “propiedad”. En el mundo animal la propiedad de algo, de una pieza recién cazada, por ejemplo, lo es en la medida en que pueda defenderla el propietario. Sin embargo, en los estados modernos tenemos complejísimos sistemas para asignar la propiedad de las cosas a personas, y para defender esa asignación de forma colectiva, con muchísima más fuerza de la que es capaz de ejercer el propietario aisladamente. Al menos es así con la propiedad de los objetos físicos, tanto inmuebles (terrenos y edificios) como muebles (comida, sillas o cuadros).

La propiedad “intelectual”, la de objetos no materiales es algo más sutil. Tenemos sistemas legales para asignarla y reconocerla, pero no tenemos una “policía intelectual” ante la que denunciar delitos en este terreno (quizá terreno no es la mejor palabra para algo tan etéreo, por cierto).

Abierta la caja de pandora de inventar realidades capaces de mover a las personas, de causar guerras, riquezas y alegrías, realidades inventadas que acaban alterando la realidad física, ¿Por qué parar? Podemos crear conceptos sobre conceptos. Como el dinero no existe, puedo alterar las reglas del invento inicial y fabricar uno nuevo, el crédito. Un invento que permitió un gran desarrollo de multitud de cosas. Puedo inventar el riesgo (por ejemplo de que alguien no pague su crédito) y asignarle un precio y crear mercados de riesgos. Las posibilidades son infinitas. Eso sí, para que sean efectivos han de ser conceptos asumidos por todos los individuos, los entiendan o no, los interioricen de forma natural o no (como los países del comienzo). 

Como especie llevamos creando y recreando este tipo de conceptos colectivos probablemente desde que existe la mente simbólica (2), desde que tenemos lenguaje (¿qué son las palabras sino inventos consensuados con los que representar cosas?). Pero ha habido un largo proceso desde ese comienzo. Al principio eran cosas mucho más ligadas a la realidad, las colectividades no eran países o imperios, sino tribus que podías abarcar de un golpe de vista. Antes de crear el dinero se crearía la sensación de valor al ir cambiando unas cosas por otras. Creado el dinero como elemento de cambio sin valor intrínseco, se puede ir materializando en cosas cada vez más exóticas e inmateriales (valga el oxímoron), como es hoy día un apunte en un sistema informático activado por un trozo de plástico (con un chip) y un numerito en un teclado.

Y todo este proceso de abstracción llega al siglo XXI (de nuestra arbitraria forma de contar el tiempo) y se inventa una curiosa tecnología para encriptar de forma inalterable piezas de información encadenadas (aka Blockchain). Sin tardar, hay quien decide darle valor de dinero a determinadas cadenas de caracteres, y nacen las criptomonedas, de las que el “bitcoin” es la más famosa. Y no contentos con ello, aún más recientemente, los “tokens no fungibles” o NFTs (de las siglas en inglés) como certificados de autenticidad de ítems digitales (3).

Los bitcoins se han convertido en una moneda más, que cotiza en el mercado de las demás monedas y tiene un valor (obviamente arbitrario) acordado por la comunidad de personas que trafican con esos conceptos, con las monedas (currencies). De la misma forma que el oro tiene también valor de moneda y puede ser obtenido de la tierra (en las correspondientes minas), los bitcoins se pueden “minar” de determinados procesos digitales en los que no hay más aproximación que la fuerza bruta, probar y probar con distintas cadenas de caracteres hasta que aparece alguna que cumple la condición (obviamente arbitraria) que hace de esa cadena de caracteres un bitcoin. Eso sí, igual que las minas alteraron el paisaje (podríamos decir que lo destrozaron), la minería de bitcoins consume ingentes cantidades de energía (leía hoy que el consumo mundial de esa actividad ha alcanzado el de un país como Suecia).

Con los NFTs asistimos al nacimiento de un nuevo concepto que tendrá el recorrido que queramos los creyentes. Si hay suficientes conversos como para disponer de una comunidad suficiente y se puedan comprar y vender suficientemente, se quedarán entre nosotros. Podrá parecernos absurdo, paro también lo un mercado capaz de valorar de forma millonaria un plátano pegado a una pared y llevamos siglos conviviendo con él.

Mi relación personal con estos conceptos derivados del blockchain es ambigua. Por un lado creo que entiendo más o menos bien su historia, su tecnología, su relación con en mundo real. Pero por otro lado me producen una cierta incomodidad, incluso repugnancia. De alguna forma esa máxima tan de madre de “con las cosas de comer no se juega” resuena en el cráneo con inventos de estos que están entre nosotros más por juego, porque que se puede, que satisfaciendo una necesidad real. Juegos de ricos, como quien va al casino, pero con futuros del precio de la soja, de la libra esterlina, del bitcoin o de la obra del último artista de moda. Solo que son juegos menos inocentes que el casino, porque pueden crear escasez de soja o consumos eléctricos absurdos. Las creaciones históricas que han sobrevivido han demostrados su valor evolutivo. El dinero, los países o las religiones han pasado la prueba de la historia por más que uno quiera declararse comunista, ciudadano del mundo o ateo. Estas últimas aún están en fase de juego y a mi no me gusta ese juego

 

Notas:

(1) Esto de los conceptos compartidos (con otro nombre) y su valor para conseguir la colaboración de grandes cantidades de individuos que no se conocen personalmente es la principal tesis del best seller “Sapiens” de Y. Noah Harari.
(2) Aquí me viene a la cabeza el libro de Xurxo Mariño “La conquista del lenguaje”.
(3) Sobre esto escribía hoy Wicho muchos detalles… y expresaba su escepticismo

martes, 5 de enero de 2021

Estuvo bien mientras duró (Scoop.it)

Hace un tiempo (¡7 meses!) decidí empezar una limpieza digital estilo quema de libros del Carvallo de Montalbán, queda allí escrita toda la declaración de intenciones y no voy a repetirla ahora. La primera baja fue Delicious, la que toca comentar hoy es otro servicio en cierto modo parecido, Scoop.it.

No sé exactamente cuando abrí la cuenta, pero sí que el año que viví en EEUU (2011/12) la usaba mucho. De hecho miro ahora (Wikipedia) cuando se abrió al público y fue en noviembre de 2011, así que seguramente me enganche en su comienzo. 

Se trata de un servicio de recomendación de contenidos, "curación de contenidos". Cuando ves un artículo interesante en internet lo agregas a un tablero creado sobre el tema. El sistema automáticamente crea una ficha muy elegante con una foto y una entradilla muy bien maquetados. Los tableros son bonitos y funcionales. Agregar contenido era fácil (no sé si lo sigue siendo porque hace años que no lo uso). Lo usaba muy a gusto, y los tableros me servían de almacén de cosas útiles, pero empezaron a poner difícil su uso. Supongo que la necesidad de obtener beneficios hizo que en la versión gratuita se limitara el número de fichas diario, el número de tableros, la información sobre visitas, etc.

La limitación de uso de la versión gratuita hizo que ya no me resultara tan cómodo, pero la funcionalidad no era suficiente como para justificar pasarme a una de pago, así que fue cayendo en el olvido. En los últimos meses han enviado correos avisando que si no la usas te la cierran, así que me he adelantado y esta mañana me he despedido de ella definitivamente.

He pasado por los cuatro tableros que tenía. Es curioso como ver esas cosa ste recuerda al momento en que lo hiciste. Vale que el mundo digital no tenga tanto poder evocador como el físico (no hay olores, por ejemplo) pero tampoco es despreciable.

Es curioso que los dos servicios que primero han ido a la e-hoguera han sido "marcadores sociales" y "content curation". No sé qué ha cambiado que hace que uno ya no necesite dejar tantas señales de los lugares a los que llegas y te interesan. Dándole unas vueltas me da la impresión de que aquello que se dio en llamar web2.0, en la que los consumidores de información eran también productores ("prosumers") cayó un poco en desgracia. El tiempo ha filtrado mucho aquella miríada de medios, los blogs han pasado de moda, y lo que leemos vuelven a ser "medios de comunicación de masas". Quizá de "masitas", con mucha menos concentración que el papel del siglo pasado, pero los blogs y páginas que quedan los siguen cientos de miles, además son más estables, ya no hace falta guardarle el enlace, sigue ahí cuando quieres volver. Los medios vuelven a ser más una biblioteca y ya no necesitamos álbumes de recortes de publicaciones menores medio desconocidas por las que pasabas de casualidad... o algo así, porque yo no he estudiado este tema, es una mera impresión de usuario.

Sea por esta razón u otra, el caso es que Scoop.it cayo en desuso en mi entorno, yo también lo fui olvidando y hoy he cerrado la cuenta. Estuvo bien mientras duró.

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Publicaciones anteriores de esto que amenaza con convertirse en la serie:

- Estuvo bien mientras duró (declaración de intenciones y despedida de dellicious)

- El bote de Colón



miércoles, 18 de noviembre de 2020

Abajo el periscopio

En estos tiempos de confinamiento, de teletrabajo, minimización de las relaciones sociales, toque de queda y bares cerrados, no puedo evitar la sensación de vivir en un submarino. Un submarino al que solo llega información del exterior a través del periscopio de twitter y quizá un poquito con el sonar de la radio.

Hace más de 10 años que tengo cuenta de twitter, y probablemente la he usado a diario en este tiempo. En esos años han cambiado muchísimo los flujos de información. Durante años estuve suscrito al periódico. Hubo tiempos en que el máximo placer del domingo era pasar un par de horas escrutando todos los folletos que componían la prensa de fin de semana.

Los editores de la información (content curators) eran personas profesionales y poderosas. Unos pocos diarios y noticiaros televisivos componían la ventana al mundo a la que teníamos acceso. Quizá por haber crecido en un tiempo en que la agenda la marcaban esos editores, tenía la confianza de que sabía lo que había que saber.

Todo ha cambiado mucho. Primero los “prosumers” de los que se hablaba con la web 2.0 (¿os acordáis, el colmo de la modernidad suena ahora a rancio hasta el extremo). Luego cada vez más canales, emisores agregadores, gestores de comunidades, bots y vaya usted a saber qué extraños personajes en el ecosistema de la información.

Y aquí está uno, echando un vistazo al timeline de twitter, como quien leía los titulares del periódico mientras desayunaba, antes de comenzar a trabajar. Solo que en un ventana del navegador en el mismo propio puesto, en casa… Sea como fuere, habrá que bajar el periscopio y ponerse a hacer algo de provecho.

sábado, 2 de mayo de 2020

Estuvo bien mientras duró

De joven leí las novelas de Vázquez Montalbán, del detective Carvallo, y me impresionó su costumbre de encender la chimenea con un libro de su biblioteca. Ahora, de mayor, no solo la entiendo, sino que no puedo evitar copiarle de alguna manera.



Cuando tenías más tiempo para leer que dinero para comprar libros, no podías dejar pasar mercadillos, ofertas o regalos. Algunos años después no hay baldas para tanto papel, y algunos más tarde lo que no hay es tiempo para leer todo lo que compraste y aún espera. Ahora lo escaso es el tiempo, y no vas a gastarlo con ediciones malas, de esas que te hacen estornudar, o con obras menores.

Paseas la vista por la librería y ves ese tomo viejo, quizá lo trajiste de casa de tus padres, recuerdas las sensaciones que te produjo leerlo, o no leerlo y colocarlo en todas las mudanzas de tu vida, quitarle el polvo alguna vez. Hace muchísimo que no lo echas de menos, si es que alguna vez ocurrió, solo has reparado en él porque estaba ahí, ocupando un espacio físico cerca de tí, formando parte del atrezo de tu vida. Deshacerse de él con todos los honores es el mejor destino que puede tener. Supongo que con un razonamiento parecido quemaba Carvallo sus libros, siempre hojeándolo antes de lanzarlo a la chimenea y recordando lo que supuso su lectura. No se trata de recuperar espacio en la librería (preocupación miserable), sino espacio mental.

El atrezo de tu vida pasada condiciona la obra que se representa y, si no renuevas la escenografía, vas a estar demasiado anclado a las mismas historias. Evolucionar requiere enajenar de alguna forma el pasado. Los artistas lo saben muy bien, o llega finalmente esa exposición y venden (regalan, almacenan, queman,...) la obra de una etapa o cuesta muchísimo pasar a la siguiente.

Hace poco más de 10 años, más o menos con este blog, comencé a habitar el mundo digital, ese que se empezaba a poblar entonces y que se ha convertido en una parte esencial de nuestras vidas. Tanto que en los días de confinamiento pandémico es donde hemos mantenido nuestra vida real. En este tiempo he acumulado ahí montones cosas que, como los libros de Carvallo, empiezan a ser una carga. Dado que esos e-trastos tienen menos hsitoria y menos corporeidad, la vinculación emocional es menor, en realidad es mucho más fácil "quemar" cuentas de internet que libros de verdad. De hecho el que quemaba libros era Carvallo (un personaje), dudo que lo hiciera Vázquez Montalbán.

Toda esta introducción es la declaración de principios de la limpieza digital que me propongo hacer, sin prisa pero sin pausa. Cosas que, por otra parte, hay que hacer antes de que las hagan por ti. Por ejemplo Delicious, un servicio del que fui muy asiduo y que desapareció sin dejar rastro (leo que en agosto de 2019). Allí se quedaron cientos de enlaces a páginas web que me habían interesado en algún momento. Cosas en su mayoría que no encajaban en mis intereses más profesionales o continuados y que, por tanto, no tenían un lugar mejor. Allí quedó una introducción al reconocimiento de constelaciones, la historia de una familia argentina que publicaba cada año una foto de carnet de cada uno de sus miembros (al menos dejé de visitarla antes de que discontinuaran alguna serie, me habría dado pena a pesar de no conocerlos de nada ni saber nada de ellos más que esas fotos). En realidad solo queda el recuerdo de aquello, porque si recuperara la cuenta igual no sabía encontrar esos enlaces entre todos los demás que no recuerdo. Ese humo digital no huele como las de verdad, pero produce una nostalgia parecida. Estuvo bien mientras duró.

martes, 24 de marzo de 2020

El cambio a docencia telemática

Con la reclusión a la que nos hemos visto obligados, ha sido necesario darle una vuelta completa a la metodología docente. La instrucción recibida de las autoridades académicas ha sido la de convertir la docencia en telemática, intentando mantener los horarios de clase inicialmente previstos.

En mi caso, tengo 60 estudiantes de primero de madicina en la asignatura de biofísica. Con clases 2 días por semana, 2 horas de prácticas y 2 de teoría. Concluidas 3 de estas sesiones, hemos encontrado una forma de trabajo que parece bastante satisfactoria, la actividad se ha rutinizado (casi) y parece que todo va en la buena dirección.

El soporte tecnológico es una mezcla del LMS de la UPNA (MiAulario, basado en Sakay) y un blog de Google. El LMS permite dejar los documentos, abrir tareas en las que hacer entregas con fechas fijadas y enviar "avisos" que se convierten en correos electrónicos a cada uno de los estudiantes. El blog me permite crear "secuencias docentes" en las que ir insertando recursos (figuras, audios y vídeos) en el orden en que deben ser seguidos, o al menos en el que yo los hubiera "recitado" en el aula.

Las clases prácticas resultan ser en realidad clases de problemas. Intento que sean preguntas abiertas y no les doy datos, para que parte del ejercicio sea buscar la información. Intento también darles realimentación frecuente, tanto a demanda durante la sesión (en el horario previsto) como corrigiendo rápido lo que entregan.

Para las clases de teoría estoy grabando audios con resúmenes de las clases. Lo que sería una clase de 2 horas lo vengo a dejar en 40 minutos de grabación. En el audio evitas tiempos muertos, no haces chistes, no pides silencio, etc. Hay mucho rato del directo que no se consume en la versión grabada. Eso también es información que se pierde, no hay digresiones, chascarrillo ni contacto emocional. Comencé con audios cortos, pero no sé si eso aporta alguna ventaja docente y sin embargo sí genera más trabajo de gestión. En esta última clase los 40 minutos van en una sola grabación.

En todos los casos las sibo a Ivoox e inserto en el blog el audio. Que Blogger esté pensado en modo multiplataforma hace que desde el movil se vea muy bien. Así, con un adio en Ivoox y un power point subido al Drive, ambos incrustados en el blog, desde el movil es fácil de escuchar e ir pasando las imagenes.

Tengo pensado preparar una encuesta para que me den sus opiniones sobre todo este tinglado, qué cosas les han resultado útiles y cuales no tanto. Ya lo comentaré cuando lo haga, pero de momento no hay que despistarles del seguimiento docente propiamente dicho. De momento, se pueden obtener datos de seguimiento, como el mostrado en la figura, en el que se ve como se realizan 25 conexiones alrededor de la hora de comienzo de la sesión práctica. En las dos horas siguientes ha habido 15 consultas por correo electrónico. Dadas las circunstancias me parece un seguimiento bastante bueno.


sábado, 24 de agosto de 2019

Las mentiras se pueden cocinar, la cruda realidad no

En marzo de 2018 se hizo público un estudio del MIT que concluia que las noticias falsas corrían mucho más en tuiter que las verdaderas. Se difundían más, llegando a más personas y más rápido. El estudio fue muy comentado en medios de comunicación, tertulias y demás.

Ayer mismo tuvimos un suceso que, en mi opinón, ejemplifica perfectamente la obviedad que encontraba el estudio (y cuantificaba y demostraba muy bien, eso sí).

Se publicó una fotografía de Boris Johnson, en una reunión con Macron, con un pie en una mesa. La foto se hizo viral, dio miles de vueltas y generó un montón de comentarios sobre lo grosero del gesto, encima de que te invitan te portas así, etc. etc. No pude evitar comentar la foto yo tampoco. Sin embargo, al poco tiempo descubrí el vídeo de la escena en la que aparecía la foto. Viendo el vídeo se comprueba que la foto descontextualiza tremendamente lo que se vivía en la escena real. En tono de muy colegas, le dice Macron que esas mesitas lo mismo valen para poner un café que para poner el pie, y el otro hace el gesto de ponelo (sin llegar prácticamente a pisar) ejemplificando el comentario de su interlocutor. Ningún desplante, ninguna grosería, ninguna falta de entendimiento entre ambos... todo lo que sugiere la foto fija no está en el vídeo, en la realidad habría que decir. También comenté el desmentido.

Tenemos aquí dos piezas informativas (dos "noticias", dos "tuits") una verdadera y otra falsa de toda falsedad (fake). ¿Cuál encontrará mejor acogida pública? En efecto, la falsa. La realidad es como es, en crudo, y a veces tiene elementos narrativos interesantes pero en la gran mayoría no. En cambio la mentira es algo cocinado, preparado por alguien, con más o menos voluntariedad, pero destilado ya con los elementos narrativos que nos gustan a los seres humanos: el bueno, el malo, los estereotipos, presentación, nudo y desenlace... Se puede argumentar que una fotografía es un reflejo fiel de la realidad, con una foto no se puede mentir, sin embargo la desocntextualización temporal que supone, sí que permite mentir, y mucho, como el caso que estamos analizando. De hecho no es nada inhabitual en periodismo gráfico buscar esas descontextualizaciones con más o menos intención.

En el estudio del MIT, les salía que las noticias falsas se retuiteaban 70 veces más que las verdaderas. En este microejemplo no se llega a tanto, pero el número de interacciones (en el momento de escribir esto) es de 18 para el "falso" y 4 para el "verdadero", a pesar de que el segundo llega un gif y resulta gráficamente más llamativo. Está claro, nos gustan los alimentos cocinados, y la información también.

domingo, 26 de mayo de 2019

El silencio de los blogueros

Los blogs han muerto. La conversación que propició internet se ha mudado de barrio y se ha vuelto bronca y desagradable. O al menos ese el leitmotiv mediático de moda.

Los mensajes cada vez más cortos a los que nos aboca la costumbre tuitera. La ventana de atención minimizada. El leguaje mutilado por las abreviaturas de los mensajes de tamaño limitado y tecleados incómodamente en móviles. La adicción a las pantallas. Cerebros modificados cuyas consecuencias a largo plazo no podemos prever. La posverdad propagada por las redes sociales. El fomento del odio. La capacidad de tergiversar los mensajes con tal habilidad que modifican resultados electorales.

No me creo esa visión apocalíptica.

Seguro que hay algo de verdad en todos los enunciados, pero no creo es que sea algo generalizado y, sobre todo, no es una novedad. Los totalitarismos de hace un siglo se expandieron, modificaron elecciones y crearon "posverdades" sin necesidad de redes sociales. La televisión ya nos recableó el cerebro, y los anuncios de 20 segundos eran la excusa de hace 30 años del limitado rango de atención que los profesores perciben en sus alumnos. El aislamiento individual se lograba con periódicos, escuchando el transistor pegado a la oreja o por cualquier otro medio. Todos esos males no se deben a la comunicación digital, es el lado oscuro de la condición humana. Son los mismos perros con collares digitales.

Lo que sí evoluciona muy deprisa son las herramientas, tanto el hardware como el software. En una década los teléfonos móviles están irreconocibles. Las tabletas nacieron, prometieron ser el futuro y hoy se baten en retirada. En esa misma década la red social por excelencia ha comenzado un declive quien sabe si imparable, los mensajes cortos ya no son tan cortos y se han llenado de gifs.

Los blogs también han cambiado mucho en esta década. Los adolescentes ya no se abren un blog en el que cuentan sus cosas. Como dirían los Celtas Cortos, "Hoy no queda casi nadie de los de antes; Y los que hay, han cambiado". La mayoría lo ha dejado, se agotó el proyecto y el ímpetu del momento. Cambios de vida, de situación personal dejaron el blogueo de lado. Todos contestan que no encuentran el tiempo ahora, pero en realidad el hueco para este tipo de actividades nunca existe, hay que inventarlo. Y para ello hace falta ilusión y energía, y ambas se van gastando si no hay una realimentación importante. Por eso "los que hay, han cambiado", los que consiguieron fama con su blog lo han mantenido aunque haya evolucionado para ajustarse a esa demanda más masiva. Se han reunido entorno a plataformas de cierta entidad, sitios web de medios tradicionales, etc.

El blog no es que haya desaparecido como tal, sino que se ha profesionalizado. Las empresas tienen blogs, las páginas de marketing incluyen uno por defecto. Lo que ha desaparecido es el bloguero "indie". Los que quedan forman parte de la marca personal de individuos que, aunque comenzaran de forma "indie", hoy son ya comunicadores profesionales (al menos parcialmente).

Todo este rollo anterior es una reflexión (probablemente una racionalización también) para reivindicar este blog indie en concreto. Se trata en cierta forma de refundarlo renovando la idea inicial de apuntar lo que me apeteciera sin ninguna pretensión. Una buena forma es comenzar con algo de lo que abominaba tradicionalmente: el metablogueo. La fuerza de las efemérides y los números redondos me empujó hasta el décimo cumpleaños del blog, pero a partir de ahí la decadencia ha sido completa. Y no por no tener qué contar (de hecho tengo en montones de papelitos y ficheros sueltos que deberían haber acabado aquí) sino por "no encontrar el tiempo", es decir, por haber perdido el proyecto y el impulso. Muchas veces me salgo de "La universidad en general y la UPNA en particular, la ciencia y la docencia", con lo que había demasiadas "otras hierbas"... Sea, aceptemos todas esas hierbas sin miedo. A ver que tal se va dando este modesto intento de acabar con el silencio de los blogueros (indies).