Más obligaciones y menos derechos pide el catedrático de la Universidad de Pensilvana, empezando por bajar las pensiones. Disiento de esa propuesta política, pero lo que me resulta intolerable es que se pretenda hacer pasar por la única opción desde las “ciencias económicas” de las que parece portavoz destacado.
Llevamos demasiado tiempo asumiendo que la organización social se debe poner al servicio de la economía, definiendo además la economía como un conjunto de reglas estructuradas supuestamente de forma científica. Ninguna de las dos cosas han de ser así y cada vez hay más evidencia de que el planeta y la equidad social se beneficiarían de salir de ese esquema.
La ortodoxia dice que hay que crecer, que la mejor asignación de recursos siempre la proporciona el mercado, que cuanta menos regulación mejor funciona el mercado para ese fin, etc. etc. Hoy sabemos que el crecimiento ha chocado ya con los límites del planeta, y de forma muy violenta además en forma de emergencia climática. Sabemos también que el mercado puro genera unas desigualdades intolerables. Desigualdades entre personas, entre regiones, entre empresas o entre países.
Hace ya tiempo que los desajustes socioeconómicos tienen mucho más que ver con el reparto que con la producción. La máxima “dime que sabes fabricar (barato) y yo te lo vendo” que era válida a comienzos del siglo XX se ha convertido en “dime que sabes vender y yo te lo fabrico (barato)”. Producimos alimentos, ropa, teléfonos o coches en cantidades descomunales. La escasez que mantenía en el límite de la subsistencia a la población del mundo apenas existe ya.
El desarrollo tecnológico y la organización social que lo acogió han sido enormemente exitosos y ya han conseguido sacar a la humanidad de la precariedad. Pero para gestionar la nueva situación hay que cambiar la forma de organizarse, hay que cambiar el contrato social. Si seguimos basando en el trabajo el reparto de la riqueza, añadiéndole el brutal “overhead” de que para que alguien trabaje, otros han de obtener enormes plusvalías extra, no hacemos más que inventar trabajo innecesario que solo sirve para destruir el planeta y que no genera felicidad en nadie, ni siquiera en los ultra ricos que capitalizan toda esa plusvalía enloquecida.
¿De verdad una rueda que hace que lleguen a nuestras tiendas a 3€ y que se tiren con 3 o 4 usos es algo valioso? Desde la lógica económica ortodoxa es maravilloso, aumentos de PIB, de actividad, de mano de obra, crecimiento y todas esas mierdas, pero en cuanto te sales de la rueda del hámster y miras con un poco de calma alucinas. Eso sí, si no es haciendo esas camisetas no sabemos como hacer partícipes a unos pobres asiáticos menesterosos de la inmensa prosperidad global. Valga el ejemplo para ilustrar la idea de que el problema actual no es producir bienes sino repartirnos el bienestar de lo producido.
No me van a convencer de que ese análisis político lo invalidan unos teoremas demostrables para una situación de equilibrio que solo es válida en momentos muy escogidos de la historia económica. Muchas gracias a la economía ortodoxa por habernos traído a este momento de abundancia (relativa y sin romantizar) pero ya os vale. El problema ha cambiado drásticamente y esa “ciencia” ya no vale.
En este nuevo escenario, más que recortar las pensiones y la inversión pública (mal llamada “gasto” por esa ortodoxia) hay que subir ambas cosas con los recursos obtenidos de un incremento impositivo apreciable con una marcada progresividad. Esa es la inversión de prioridades que requiere centrar las políticas en el reparto en vez de en el crecimiento de la producción.

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