viernes, 18 de marzo de 2011

Riesgo nuclear

Este texto aparece publicado hoy (18 de Marzo) en Diario de Navarra

Pamplona es una ciudad conocida en el mundo entero por los encierros de sus fiestas, un evento en el que los mozos se divierten arriesgando su vida en el traslado de los toros desde el corral hasta la plaza. Sin duda que esa actividad entraña un riesgo, un riesgo de muerte que voluntariamente asumen los corredores a cambio del disfrute que les supone. Desde un punto de vista técnico se puede definir el riesgo como la probabilidad de sufrir un daño, en este caso la muerte o una herida grave. Por otra parte la percepción del riesgo no se corresponde de forma directa con la probabilidad calculada. Uno de los ejemplos más típicos es el riesgo de muerte debida al transporte, es bien sabido que la probabilidad de morir en accidente aéreo es casi mil veces menor que en accidente de coche y sin embargo la percepción no se corresponde con esos datos. Casi nadie teme subir al coche y muchísimas personas temen al avión. El temor no tiene porqué corresponderse con el riesgo entendido como probabilidad técnica.

El accidente de la central nuclear japonesa de Fukushima, ha despertado en la población el miedo nuclear, pero no sólo en la población que razonablemente puede verse afectada por el suceso, sino en la del mundo entero. Como se suele decir el miedo es libre, pero conocer con más detalle los riesgos a los que nos enfrentamos nos puede ayudar a sobrellévalo mejor.

Cuando pensamos en la energía nuclear, el riego al que nos enfrentamos es al riesgo de muerte por contaminación radiactiva. Con el nombre de radiactividad nos referimos a un conjunto de radiaciones con energía suficiente como para afectar a la materia ionizándola. La radiactividad es un fenómeno natural con el que convivimos a diario, el sol, los rayos cósmicos, rocas del suelo y gases de la atmósfera bombardean nuestro cuerpo con radiación. En el caso de la radiactividad se aplica el aforismo de que no hay veneno sino dosis. Las personas que reciben una dosis muy alta de radiación sufren un daño celular generalizado que da lugar a trastornos múltiples y una muerte rápida, como ocurrió con los “liquidadores” que mitigaron el accidente de Chernobil en su momento álgido o el de Alexander Litvinenko, el exespía ruso que muró en 2006 envenenado por polonio radiactivo. Entre este nivel tan terrible y la radiactividad natural en la que vivimos a diario ¿qué podemos esperar del caso de Fukushima?

El accidente está aún evolucionando, y las condiciones meteorológicas también jugarán un papel relevante, pero creo que podemos arriesgar un escenario a grandes rasgos en el que diferenciar tres zonas. Una zona próxima a la central, digamos de unos 5 Km, en la que la radiactividad será, parece ser que ya lo es, muy intensa y que debe ser evitada a toda costa. Un segundo perímetro de radiactividad alta en el que si las personas permanecen tiempos largos se verían afectados de forma que la probabilidad de sufrir cánceres a lo largo de su vida aumentaría de forma claramente apreciable. La extensión de esa zona es la que depende mucho de los detalles y que no será menor de 20 Km (que llevan días ya evacuados) ni mayor de 150 Km. Más lejos la exposición a la radiactividad generaría un riesgo de aumento leve de la probabilidad de sufrir cáncer a lo largo de la vida. ¿Qué significa leve, 2, 15, 35 veces? No creo que nadie pueda contestarlo en este momento, y dependerá mucho de los detalles.

Cómo perciba cada uno el riesgo de incrementar la probabilidad de sufrir un cáncer es una cuestión totalmente personal, y el esfuerzo que deba hacer para evitarlo compensará a unos y otros de distinta forma. Esto explica el diferente enfoque de los gobiernos japonés, francés o estadounidense respecto a su población afectada.

¿Y el riesgo de vivir a 180 Km de Garoña? El riesgo de muerte por este hecho se calcula multiplicando la probabilidad de que ocurra un accidente severo en la central por las consecuencias que tendría a esa distancia; sin entrar en detalles el resultado es extremadamente bajo. Pero las sociedades avanzadas nos preocupamos por los riesgos pequeños, como demuestra la reciente ley que prohíbe fumar en los bares. Calibrar el nivel tolerable de cada riesgo es una cuestión compleja, pero tendremos que ponernos de acuerdo en que encierros prohibimos y cuales corremos sabiendo que ninguno de ellos está exento de riesgo, porque el riesgo cero no existe.
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