domingo, 8 de febrero de 2026

Nostalgias domingueras

Hoy es una canción de Ten Years After, de 1971 la que me ha puesto la aplicación de música y me ha sacado de lo que estaba haciendo para recordar tiempos de hippies, intentos de cambiar el mundo desde la música (era también el tiempo de los cantautores) desde la longitud del pelo (Hair) incluso.

El domingo pasado fue la palabra psicodelia la que me llevó por el mismo camino, me ofreció una mañana de domingo de rock psicodélico de los 60 y 70. En ese estado procrastinador propio de las mañanas de domingo busqué el origen de esa palabra, psicodelia. Parece que la inventó en 1957 Humphry Osmond, un psicólogo británico, para referirse a experiencias que revelan o manifiestan el alma, lo subconsciente.

Desde esa visión hay algo en nuestro interior que merece la pena conocer pero que está muy oculto, enclaustrado. Esas barreras se pueden debilitar de diversas maneras, mediante sustancias químicas, manifestaciones artísticas o meditación, quizá ayudada con rituales corporales como el yoga, danzas, etc.
 
Dice la Wikipedia que “la psicodelia es uno de los componentes más notorios de la contracultura de los años 1960, pues ofrece una vía de escape de los límites impuestos a la conciencia y a la vida diaria por el sistema dominante”. La palabra “contracultura” me retrotrae a mi adolescencia (años 1970), un tirón más fuerte que el ya iniciado por la “psicodelia”.
 
Es una tentación muy fuerte, típica de persona mayor, la de rastrear históricamente la contracultura y la psicodelia para concluir que cualquier tiempo pasado fue mejor y lo flojas que son estas nuevas generaciones que ni hacen cultura a la contra ni revelan sus almas como hacíamos antes. Craso error, esos ejercicios solo hablan de la vejez del autor y no aportan nada a nadie.
 
La psicodelia, la contracultura, la cultura hippie y el pelo largo, un momento de la historia marcado por las drogas, un camino que, a la vista de su transformación en los 80, fue mucho más destructivo que liberador...  
 
Sin duda el recuerdo de aquellos tiempos produce nostalgia, pero por ir más allá del puro sentimentalismo, parece necesario señalar la vigencia, la necesidad de perseverar en lo que esas palabras referían. El “sistema dominante” sigue imponiendo límites a la vida diaria y a la conciencia, y lo hace de forma cada vez más severa, descarnada y urgente (aunque solo fuera por la emergencia climática que nos arrolla). Recuperemos una psicodelia que nos permita ver la playa bajo los adoquines como parte de una cultura a la contra de lo que nos colocan como inevitable.