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jueves, 12 de febrero de 2026

La felicidad (y su valor político)

 La política y su consejero principal, la macroeconomía, han tenido como norte de su brújula el producto interior bruto (PIB o GDP en inglés). Parece que todo gobierno busca que sus ciudadanos vivan mejor, y que eso se consigue aumentando la riqueza disponible, algo que el PIB mide bien. Parece (por el conocimiento científico acumulado recientemente) que eso es razonable hasta cierto punto. El dinero no da la felicidad, pero su ausencia la quita, eso seguro. No se puede vivir bien con la permanente espada de Damocles amenazando lo básico de la supervivencia (alimento y refugio cuando menos). Pero a partir de un punto la cosa ya no está tan clara.

Otro asunto interesante es que la creación de riqueza global, en general ha ido acompañado por una acumulación de la misma, por un reparto desigual (muy desigual de hecho). Eso obliga a generar muchísimo PIB para que los más pobres puedan comer. Y la generación de PIB no es gratis, tiene una afectación medioambiental enorme. Pasando el primer cuarto del XXI no dudamos de la emergencia climática en que andamos metidos, en gran medida, por la denodada búsqueda del santo grial del PIB.

La relación entre riqueza y desigualdad es un tema muy interesante que queda para otro día. Habrá que comenzar ese día por a Marvin Harris y sus jefes cabecillas y abusones. Hoy me centro en el otro asunto, el de la felicidad, o autosatisfacción, o vida plena, o vida buena... Hay confusión incluso en la terminología. De momento me quedo con dos vídeos que me han ayudado a centrar un poco el tema:

 

Parece que en sociedades un poco "avanzadas", donde la seguridad, la alimentación y el domicilio están razonablemente asegurados, lo que más se busca es la relación humana, después de la salud física. No parece que sean cosas tan "caras"...

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Veo que el tema de la felicidad y su valor político han aparecido ya en el blog, especialmente en 2009, tras la crisis de las subprime y cuando la propuesta de desligar el concepto genérico de riqueza del PIB y relacionarlo con la felicidad llegó a política de estado en Butan. Dejo enlace a las entradas de entonces:

La felicidad a lo largo de la vida (2011) 

Bután (y el día internacional de la metrología) (2009)

Felicidad (in)eficiente (2010) 

Midiendo la democracia (2009)

Desajuste formativo y economistas (2009) 

 

Todo el texto de esta entrada es una excusa para insertar los vídeos y dejármelos fichados para seguir reflexionando sobre el asunto, pero ya puesto ahí queda por si a alguien más le interesa 

 

domingo, 8 de febrero de 2026

Nostalgias domingueras

Hoy es una canción de Ten Years After, de 1971 la que me ha puesto la aplicación de música y me ha sacado de lo que estaba haciendo para recordar tiempos de hippies, intentos de cambiar el mundo desde la música (era también el tiempo de los cantautores) desde la longitud del pelo (Hair) incluso.

El domingo pasado fue la palabra psicodelia la que me llevó por el mismo camino, me ofreció una mañana de domingo de rock psicodélico de los 60 y 70. En ese estado procrastinador propio de las mañanas de domingo busqué el origen de esa palabra, psicodelia. Parece que la inventó en 1957 Humphry Osmond, un psicólogo británico, para referirse a experiencias que revelan o manifiestan el alma, lo subconsciente.

Desde esa visión hay algo en nuestro interior que merece la pena conocer pero que está muy oculto, enclaustrado. Esas barreras se pueden debilitar de diversas maneras, mediante sustancias químicas, manifestaciones artísticas o meditación, quizá ayudada con rituales corporales como el yoga, danzas, etc.
 
Dice la Wikipedia que “la psicodelia es uno de los componentes más notorios de la contracultura de los años 1960, pues ofrece una vía de escape de los límites impuestos a la conciencia y a la vida diaria por el sistema dominante”. La palabra “contracultura” me retrotrae a mi adolescencia (años 1970), un tirón más fuerte que el ya iniciado por la “psicodelia”.
 
Es una tentación muy fuerte, típica de persona mayor, la de rastrear históricamente la contracultura y la psicodelia para concluir que cualquier tiempo pasado fue mejor y lo flojas que son estas nuevas generaciones que ni hacen cultura a la contra ni revelan sus almas como hacíamos antes. Craso error, esos ejercicios solo hablan de la vejez del autor y no aportan nada a nadie.
 
La psicodelia, la contracultura, la cultura hippie y el pelo largo, un momento de la historia marcado por las drogas, un camino que, a la vista de su transformación en los 80, fue mucho más destructivo que liberador...  
 
Sin duda el recuerdo de aquellos tiempos produce nostalgia, pero por ir más allá del puro sentimentalismo, parece necesario señalar la vigencia, la necesidad de perseverar en lo que esas palabras referían. El “sistema dominante” sigue imponiendo límites a la vida diaria y a la conciencia, y lo hace de forma cada vez más severa, descarnada y urgente (aunque solo fuera por la emergencia climática que nos arrolla). Recuperemos una psicodelia que nos permita ver la playa bajo los adoquines como parte de una cultura a la contra de lo que nos colocan como inevitable.